A un olivo viejo

Tapas 47/ Octubre 2019

El tiempo es lento cuando uno ha nacido olivo y vertiginoso cuando se es humano. El olivo (Olea Europaea) vigila la vida desde la pausada lentitud de su existencia y nosotros corremos pensando que no moriremos nunca.

En el polvoriento hipódromo de San J ordi el tiempo se detiene cada sábado en el mercadillo más auténtico de Ibiza. Pareciera un puñado de perdedores que venden cachivaches, pero son contadores de historias que eligen a los que saben escucharlas sin miedo a ensuciarse las manos. Son las 8.30 de la mañana, ni siquiera los hippies ambulantes se han levantado. Aquí nadie quiere hacerse rico, aquí no se venden olivos.

El olivo ya no es solo el rey de las ensaladas, hace años que los mercaderes de las riberas del Mediterráneo y el Magreb comercializan sus arrugas, sus troncos reumáticos, en un intento de bendecir los nuevos jardines con su porte aristocrático.

Es triste verlos retorcidos en las cunetas de la carreteras a la espera de que un ricachón se fije y lo ponga en su jardín con una lámpara en su tronco para comprar el tiempo que no vivió. O eso cree él, claro.

Comprar uno de estos olivos legendarios se parece mucho a la historia, verídica, de esa mejicana, de abolengo ella, que esta pasada primavera adquirió una casa en la calle Serrano para recibir en Madrid. La compró con todos los libros de la biblioteca de la anterior propietaria, que sin dudarlo vendió gustosa, porque todo, los olivos, los columnistas y las bibliotecas, tienen un precio.

Un apunte para finalizar: muy recomendable la nueva añada de Casas de Hualdo, el aceite que la Familia Ribera elabora en la almazara de El Carpio de Tajo en Toledo, un gran descubrimiento. Eso es amar los olivos. No son los únicos. Somos muchos.


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