El euroeditor

Forbes 40 / Febrero 2017

Acabo de echar el euromillón. Y me siento mejor. Soy víctima del efecto placebo. Sé que la estadística jue­ga en mi contra y, lo que es peor, no soy el target del premio. No lo necesito. Soy empresario. Defiendo una editorial rentable y prestigiosa. Publico y dirijo Forbes y otras revistas de referencia. No soy millonario pero cada año ordeno con meticulosidad la lista de los millonarios. Enton­ces, ¿qué me empuja a elegir unos números al azar y mante­ner la esperanza cada noche si no quiero que cambie mi vida? ¿Por qué me da buen rollito tener el boleto sujeto con imanes en mi refrigerador Smeg?

La respuesta, sin duda, ahora que Dylan ya cobró los 800.000 euros de su Premio Nobel, la lleva el viento más que nunca. Conozco al equipo de Loterías del Estado. Siempre que les veo les sonrío el doble que a los demás y cuando me despido les digo: «Venga, dime los numeritos que van a to­car esta noche». Sé que la broma es la peor, la más idiota que se les puede hacer, que se la hacen cada día un número n de veces, pero no puedo evitarlo. Creo que soportarla va en el cargo. Muy elegantes, siempre me responden: «Nosotros no podemos jugar, es ilegal».

Así que como está noche el Euromillón le caerá con jus­ticia a alguien que lo merezca más que yo (ojo, el gordo de Navidad le tocó a una compañera de Spainmedia Radio hace unas semanas), me atrevo a proponer a la agencia de marketing de Loterías una campaña de publicidad en la que el edi­tor de Forbes (servidor) acude ilusionado a rellenar su boleto con la revista bajo el brazo. Busquese a un copy ingenioso que redacte con gracia esta idea: «Si el editor de Forbes juega, es que usted tiene posibilidades. Juegue el Euromillón y si le toca, suscríbase (a la revista)».


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