Crónica de los Stones para gente Rolling

He visto a Jagger (78) y Richards (78) en Nueva York en el Shea Stadium (Carlos Herrera se quedó dormido medio concierto porque se le atravesó el jet lag), en Madrid, en Róterdam, en Santiago de Compostela (conseguí aparcar mi coche en el backstage porque le enseñé a uno de seguridad mi tarjeta de la revista Rolling Stone, que entonces dirigía; pero cuando acabó el concierto no me dejaba sacarlo), en Gijón, en Barcelona, en Lisboa (Springsteen se subió al escenario por sorpresa), en Brooklyn (Lady Gaga se subió para cantar a dúo Gimme Shelter) y esta semana en Madrid.

Me había advertido a mí mismo sobre la decrepitud de la banda pero había decidido ir a agradecer con aplausos lo que me han enseñado sobre la libertad y el blues. Y me sorprendí, me encontré unos Stones que sonaron como nunca los había escuchado, incendiando la chispa de la vida.

La víspera hablé con Gay Mercader (73), (muy aficionado a dejar mensajes de audio a deshoras en WhatsApp) y me dijo “no iré, Andrés, no aguanto ya si no duermo en mi cama. Fui a Madrid cuando me entrevistó Andreu Buenafuente, pero ya no me muevo. Le he mandado a Keith una caja con algunas cosas” -que yo supuse buenos productos gourmet de El Celler de Can Roca, donde el primer promotor de los Stones come o cena casi a diario. Si Gay Mercader fue el quinto Stone ahora Joan Roca es el sexto.

La gira europea de los Stones es un negocio de 140 millones de euros. Como promotor el riesgo lo asume Live Nation, la multinacional del rock que aquí preside el ya ibicenco Pino Sagliocco. Los Stones llegaron en su avión, con lengua y todo, como es costumbre, y saludaron para la foto tradicional. A partir de ahí cada uno a lo suyo, como sucede desde hace décadas. Wood y Richards cerca, en el mismo hotel. Mick Jagger solo. Alrededor todos tuvieron que cumplir la obligación de hacerse una PCR diaria. En la coordinación la mano derecha de Pino Joe Pérez-Orive (48), que vio el concierto acompañado de sus mellizos.

Sagliocco, con su sombrero de bluesman, vestido de negro, y con su gran habilidad para cuidar de los suyos, organizó para Jagger la tradicional fiesta flamenca que tanto gusta a los guiris. Los Stones exigieron que fuese al aire libre, nada de tablaos, para minimizar riesgos. Y el lugar elegido fue el nuevo restaurante que Paco Roncero (53) acaba de abrir.

Israel Fernández cantó para ellos. Pino sabe de flamenco y mucho. Fue mánager de Camarón de la Isla y puso al bailaor Joaquín Cortés a conquistar el mundo. “Israel es el nuevo Camarón”, me escribe Pino. En las redes de su mujer, la elegantísima Lorena Giavalisco, hay testimonio de Pino soltando olés y de Israel cantando. Jagger disfrutó de lo lindo y al día siguiente cumplió la tradición de fotografiarse en la ciudad como si fuese un ciudadano anónimo. Los lugares elegidos: la estatua del retiro en honor del ángel caído -que nadie se olvide que son Sus Satánicas Majestades-, una cervecería en Chueca con caña en la mano, y claro, frente al Guernica.

“Keef” Richards, tan contento, con la grabadora que compró en El Rastro Twitter / @officialKeef

“Jagger y su banda saben que hasta el último día de tu vida se puede cambiar el mundo”, escribió Federico Linares en su Twitter. La frase es para mí el titular de la noche. Fede, presidente de EY, guitarrista y cantante en la banda familiar hizo de anfitrión en el palco más demandado de la noche. Maria Dolores Dancausa, CEO de Bankinter, Pedro J y Cruz Sánchez de Lara (“Si tengo que pedir un deseo sería estar a los 78 como está Mick Jagger”), Juan Manuel Cendoya, vicepresidente del Consejo del Santander, Gabriel Escarrer, presidente de Melia, Ignacio Quintana, director general de Spainmedia, entre otros, bailaron y hablaron de business entre el Honky Tonk Woman y el “no, no, no” del Satisfaction. El palco de EY se parecía una de las cenas de Forbes, si es que un día en Forbes nos diera por contratar a los Glimmer Twins. Y no es raro. Los Stones siempre se llevaron bien con el dinero. Hace unos años tocaron en Barcelona contratados por el Deutsche Bank en un concierto privado sólo para sus ejecutivos y clientes.

Abajo, repartidos en los dos pits, el A, a la izquierda del escenario y el B, a su derecha, los que habían comprado el pack VIP (300 euros) y algunos invitados. Los pits son las áreas acotadas al pie de escenario para evitar avalanchas. Sólo si tienes la pulserita de rigor puedes acceder allí. El lugar espectacular, la pega, nadie vende cerveza dentro. ¿Te acuerdas cuando los que estaban abajo a pie de escenario eran los más fans? Es cierto. Por allí, Pancho Varona con su mánager, la almeriense Esther SegarraDani Romero de Thinking Heads, el periodista Alex Martínez Roig o José María Piera, ahora en Wunderman Thompson (si tienen la suerte de abonarse al email que cada viernes envía a sus amigos con cuatro o cinco vídeos de YouTube que merece la pena ver, no dejen de hacerlo), entre otros.

Muchos vips viajaron de fuera a Madrid para no perderse la cita como el empresario ibicenco Marc Rahola, con el rocker Diego Calvo hotelero en Concept Hotel Group y la periodista Laura Martínez, que este mes enseñan su casa Villa Carmelita en Vogue. Ibiza espera con ganas el TAPAS The Ibiza Issue que cada verano inunda las Pitiusas. La portada, que se fotografía esta semana, ya está dando que hablar y pronto daremos pistas de su presentación en la isla. Ibiza rebosa de negocio y habrá que estar atentos a no morir de éxito.

De los de aquí me acordé mucho de Alejo Stivel, el frontman de Tequila, que había visto a los Stones 36 veces y presumió en redes de su pase doble Friends and Family con foto de carnet, y luego publicó una fotografía con Ronnie Wood que cumplía años. ¿Cuántos? 75 castañas, y padre de gemelas. Miles de papelitos volando en el Wanda de Miguel Ángel Gil para festejar el cumple de Wood fue el único artificio del concierto. Cosa que agradecí, acostumbrado a muñecos hinchables y castillos de fuegos artificiales. Jagger tiró de diplomacia y habló del Madrid, pero también del Athletico de Madrid. Difícil equilibrio.

Jagger, desde el Pit B. Andrés Rodríguez

En 2014, cuando aún editaba y dirigía Esquire, pagué una página de publicidad en El Mundo para ver si a Keith Richards le sobraba alguna entrada para su concierto en Madrid. Obviamente era una broma. Keef (@officialKeef) no llamó y yo ya tenía entradas.

En pleno boom de las redes sociales, el concierto transcurre dentro, y en ellas también. Muy divertida la fotografía de Richards en su Instagram el día del concierto: “Este grabadora de casete Phillips es la misma que usamos para grabar las maquetas de Street Fighting Man, uno de los chicos del equipo la ha encontrado en un mercadillo de Madrid”. Alucinante. “Gracias, Don”. Richards se emocionó esa noche, estaba muy cerca y pude ver temblar su rostro ante el “Oe, Oe” de Madrid. Aunque a los cinco minutos se cabreó porque, mientras cantaba Happy, dos operarios subieron con un soplador de hojas delante de él para quitar los papelitos que habían lanzado. «¡Fuera!», les dijo con el dedo, y yo imaginé su pensamiento: «Hostias, que estoy cantando, que soy un Rolling Stone, que me llamo Keith Richards. A tomar por…».

Charlie Watts hubiese cumplido años al día siguiente, el 2 de junio, 81, pero no pudo ser. El concierto de Madrid fue el primer concierto de los Stones en Europa sin CharlieSteve Jordan, el sustituto, fue elegido por Richards para ser el batería oficial.

Richards es el verdadero director musical de los Stones. Jagger está en la pasta. Richards en la banda. Jordan ya había tocado con él durante sus conciertos en solitario, cuando a Jagger le dio por probar si tendría éxito él solo. Jordan y el bajista Daryl Jones le dan a los Stones una potencia que no tenían con Watts. Steve Jordan usó el mismo set de batería que Charlie Watts, una Gretsch negra en vez de amarilla, pero distinto juego de platos (para los iniciados le bastó con dos rides Paiste de 20 y 25 pulgadas, y nada de crash. A Watts le encantaba tirar de un Zyldian chino que Jordan no usó).

La noche se abrió tras el último acorde. ¡Que se prepare esta Europa en guerra, que los Stones van para allá!

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