Una revista es una casa

Ya verás. Prueba a abrirla por la mitad. Si te la pones en la cabeza ya tienes un tejado. Póntela de sombrero, como hizo García Márquez ante el objetivo de Isabel Steva i Hernández “Colita” cuando vivía en Barcelona, con la primera edición de Cien Años de Soledad. No te sientas ridículo, si tienes mi edad, más o menos, seguro que te hiciste sombreros de papel para jugar a los soldados con las páginas de un viejo periódico. El pescado a casa llegaba envuelto en las páginas del ABC de ayer que el pescadero tenía pinchadas en un gancho. Un periódico también es una casa, pero ahí dentro cabe más gente.

Las revistas que edito, y también las que leo, (ayer me compré 8 distintas, de barcos, de muebles, de “cotis”… ) son una casa. Si te metes debajo, solo o con tu chica, te protegerá de la lluvia. Cuando salgamos a correr podremos usarla de testigo para la próxima carrera de relevos (cuando nos dejen acercarnos unos a otros eso sí, mientras quietos). No sé si iremos a los San Fermines. Pobre de mí. En sueños la utilizo para defenderme del toro en la curva de Estafeta, siguiendo los consejos de Chapu Apaolaza y el “dire”, JuanRa Lucas.

Hay revistas de 30 metros cuadrados y también las hay de 280. Como Sisa y Sabina escribieron “hay mujeres veneno” y “mujeres imán”. Hay casas en alquiler y en propiedad. En Cuba las revistas se alquilan. Casas que necesitan reforma y que niquelarlas ha costado una pasta. Los metros de un hogar y las páginas de una revista parecen medidas equivalentes, pero te aseguro que puede haber más vida y más amor en una revista de 30 que en una casa de 280. Hay casas de revista y revistas frías, como una casa de esas de revista en las que parece que te da miedo dejar los calcetines por ahí. 

Las revistas saben mucho de espantar soledades. No es el corona la epidemia del siglo XXI, es la soledad. La hija de puta de la soledad. Soledad podría ser un buen nombre para mi nueva revista. Tapas mola mucho leerla cuando uno está solo, pero cocinar mola más para otros. Y Forbes también, y la que tú quieras, la que a ti te guste. A mí me gusta leer WoondenBoat Magazine (@woodenboatmagazine) porque habla de barcos de madera y me ha dado por ahí, por imaginar que de viejo floto sobre un cascarón y que veré la madera hincharse como mis huesos.

Una revista es la excusa para que sepas que el quiosquero tiene la llave de tu calle, ahora que Manolo, el último sereno de Madrid dejó de sonar su chuzo contra el asfalto. Una revista tiene nombre de espectáculo de variedades. Cuando una revista me mola me dan ganas de bajar las escaleras así dando golpes de pierna como Norma Duval en el Folies Bergère.

Una revista, cualquiera, como este diario, es el sustento de un montón de familias. Una revista es una familia en la que tú y los que te rodean son familiares. Una revista es una casa a la que le cambias los muebles un domingo por la mañana y así parece que cada número vives en otro lugar.

Este mes le he dejado mis revistas a todos los vecinos en la puerta. Sin avisar. Cuando me he levantado hoy tenía una tarta de zanahoria. Una revista es la zanahoria del curioso. Tú tienes las llaves de esta casa. No me tires aunque sea una revista del mes pasado, aunque sea una columna del domingo anterior. Invita a quien quieras.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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