Todos somos tripulantes

“Hice que los marineros me ataran al mástil para observarlo. Estuve atado durante cuatro horas. No tenía esperanzas de sobrevivir, pero si lo hacía, tenía que pintarlo”. Imagínatelo. Sea cierto o no, la frase se le adjudica al pintor que mejor ha reflejado la magia del océano, Joseph Turner.

Todos somos tripulantes. El título de la columna no es mío, es de Don Walsh (87), el tipejo que con su batiscafo llamado Trieste descendió al fondo de la Tierra, a 10.916 metros. Así se abre The Sea Journal (“Diarios y Cuadernos de Bitácora”), que, editado por Geoplaneta, a lo largo de 306 páginas glosa los mejores cuadernos de navegantes de la historia. No están todos los que están, pero todos los que están, capitanes intrépidos sí que fueron.

En formato apaisado, como aquel Cinemascope que nos conmovió de chicos el libro, con lomo cosido azul océano, a pesar no es muy cómodo de manejar ni de leer porque el diminuto cuerpo de su letra está impreso para grumetes y no para almirantes, pero todo se olvida cuando el lector se zambulle en las odiseas que recoge.

Si navegar es un viaje, no al próximo cabo, sino al interior profundo de la propia soledad, no hay viaje sin bitácora donde apuntar las angustias que produce una masa de agua tan viva, tan cambiante, más antigua que las religiones, dueña y señora de la vida.

Escribir es para el marino tan importante como leer, de no hacerlo, ¿con quién hablar cuando la noche se cierra, cuando el roción te moja el careto para advertir que no te duermas en una guardia? El testimonio de estos cuadernos de bitácora, gráfico y literario, es historia de lo que fuimos, anfibios reconvertidos en bípedos lectores. 

Consejos en el libro hay para todos, para navegantes y para grumetes de secano. Como el del dibujante holandés Louis Apol (1850-1936) que tras su viaje al ártico escribió: “Hacer esbozos en la mar no supone un gran problema. Regresar a casa sano y salvo eso es lo más importante.”.

O los del cronista inventor, superviviente de naufragio, Francis Beaufort (1774-1857), cuyo nombre evoca de inmediato la escala de de fuerza de vientos. “De aquí en adelante, estimaré la fuerza del viento de acuerdo a la siguiente escala…” y así lo hizo en 1806. Desde entonces sabemos como mediar la fuerza de un huracán, aunque tenga nombre de mujer. Y cuadernos históricos como el que escribió el marino William Bligh (1754-1817), testigo del célebre motín del Bounty, que fue abandonado en una barcaza con 18 hombres más el 28 de abril de 1789. “El poco ron que teníamos era utilísimo. Cuando la noche resultaba particularmente penosa, servia una cucharada o dos por hombre…”.

El libro recoge también los cuadernos de Louis Choris (1795-1828) que contiene algunas de las primeras imágenes de los esquimales inupiat. “¡Dios no quiera que un barco naufrague en esta costa!”, escribió. O el de John Everett (1876-1949) que apuntó: “El artista y el marinero tienen muchos cosas en común. Son a la vez viajeros y vagabundos”.

El mar es de todos, porque todos venimos de él. El eunuco Zheng He (1371-1435) escribió sobre el Mar de la China. “Hemos cruzado extensiones inmensas de océano y hemos contemplado olas enormes como montañas elevándose hacia el cielo..”. Aún quedaba mucho para que Zenet cantase. “Tan locos saltaron la verja de un parque, A ciegas cruzaron por las avenidas, Tan locos soñaron hacerse piratas. Surcar en velero los Mares de China”.

De pasiones, miedos y soledades va este libro para los que ya leyeron el Marinero en Tierra de Rafael Alberti o los que ahora acaban de apuntárselo para leerlo.

No todos los testimonios son históricos. Roz Savage, heroína contemporánea y remera oceánica, se pregunta una y otra vez para “razonar” sus periplos: «¿Estoy enamorada del océano?» Y no se responde porque si lo hiciera alguien pensaría que ha perdido la razón por la mar y eso no quiere que se sepa.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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