Si yo fuera espía…

Perdería el trabajo. Seguro. Y no por indiscreto (que no lo soy), sino porque hay técnicas capaces de doblar al más pintado. Las memorias de un ex agente de la KGB confirmaron no hace mucho que los rusos crearon a principios de los 60 un ejército de agentes sexuales, entrenadas con todos los subgéneros de la filmografía porno, capaces de convertir al hombre más poderoso en un cordero lechal. La técnica no suena mal, pero dicen que no fue todo lo eficaz que se pueda pensar. El dictador indonesio Sukarno fue uno de los que sí pasó por el aro.

Durante un viaje a la Unión Soviética, el KGB infiltró en su círculo más próximo a bellas espías. El dictador se lo pasó de miedo (todo fue grabado, por supuesto) y para nada sospechó que allí había gato encerrado. Lo más curioso de todo es que finalmente Sukarno recuperó la cinta (a buen precio), pero se tiró el farol de que iba a emitirla en su país para que sus conciudadanos supieran que había dejado el pabellón nacional bien alto. Cualquier día la cinta aparece colgada en YouTube y Piqueras nos la pone al mediodía. En el argot de la inteligencia el cebo sexual se denomina trampa de miel, y ni conoce fronteras ni sexo. En los 70, una tropa de agentes Romeo (cultos, educados y bien parecidos) hicieron de las suyas entre las funcionarias del Polit Bureau. Al parecer, cantaban como jilgueros. Muchos de ellos, incluso, acabaron casados y su parienta nunca sospechó que entre las sábanas cada noche se celebraba –más que un encuentro amoroso– el noticiero de las 9. Entre la comunidad cubana de Miami, bien conocida es la historia del disidente castrista que se suicidó con 79 años al descubrir que había estado viviendo con una espía de Fidel (hay quien cree que al “compañero” más bien lo suicidaron y no precisamente, las flechas del amor).

Anécdotas hay muchas. Desde el enano que en plena Revolución Francesa se afeitaba el cuerpo completo para

disfrazarse de bebé y echarse la siesta al lado de los oficiales, hasta el televisivo Uri Geller que presume de haber desarrollado “bombardeos telepáticos” sobre Jimmy Carter a petición del FBI. ¿Y el CESID? Se dice que colabora con videntes, y que entre sus técnicas se incluye la de pinchar los confesionarios donde grandes personajes de la banca y la política nacional exculpan sus penas.

Y en medio de este imaginario está Bond y el negocio y su merchandising (controlado con mano férrea por Barbara Broccoli), el centenario de Ian Fleming, los revitalizados por la industria relojera suiza capitaneada por el señor Hayek, el esmoquin y las chicas. “Magníficas vistas”, exclamó Bond al ver salir a Halle Berry en bikini de las aguas de La Caleta en Muere otro día. A ver qué exclamas tú cuando la veas a doble página, en una sesión fotográfica exclusiva para Esquire, como chica de las portadas. Y digo bien, portadas.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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