Sexo y pizza en el invierno napolitano

El invierno en Nápoles nada tiene de volcánico. Tan solo un incierto estornudo del monte Vesubio podría calentarlo. En enero, al pasear la tiritona por su quartieri spagnolo –en su tiempo territorio Borbón–, es imposible no pensar la terrible noche de las pateras en este Mediterráneo calmo. Recuerda la decadencia del barrio a la decrepitud vivaz de Centro Habana. Es entonces cuando al doblar una esquina desciende sobre mi cabeza un barreño de plástico azul descolgado con una soga desde el sexto piso, y aún sin haberme repuesto del lanzamiento, como si el destinatario del colgajo fuese yo, acude raudo al envío un taxista que deposita el mando a distancia de una televisión, pega un tirón y el cubo asciende a la azotea. Y me quedo como un pasmarote pensando en eso de la movilidad urbana y demás pendejadas de consultor.

Este Nápoles de enero poco tiene que ver con el ritmo de las tarantellas del héroe local, el crooner Peppino di Capri (79). Precisamente, la isla que lo vio nacer, Capri, vigila desde enfrente la ciudad mas poblada del sur de Italia (seis millones de almas), portuaria, sucia y pasional, donde el sexo y la pizza frita se funden y se confunden a fuego lento como la mozzarella con el basilico (la albahaca).

No encontrará el lector en esta crónica las confesiones de Miguel Ángel Arenas publicadas en aquellos ejemplares de la revista Primera Línea –cerrada en diciembre por Z tras 34 años en los quioscos–… “Sexo en Brasil, sexo en Buenos Aires…”. Y todos corríamos a leer las andanzas de Arenas en sus crónicas, quién sabe si ficticias, exageradas o literales, en las que mezclaba recomendaciones y desventuras cuando aún el planeta no era ni Lonely ni siquiera Planet. Recomiendo al lector la entrevista en YouTube que le hiciera un pícaro Ángel Casas en 2007, donde Arenas explicaba la manera de sentarse de los brasileños “para poderse meter mano”. Que tiempos los del periodismo verité.

El ‘infragénero’ de la crónica erótica de viajes ya lo jugó Luis Cantero para el Interviú de Asensio padre, pero a diferencia de Arenas, Cantero se retrataba con los golfos y las golfas en su célebre serie La vuelta al mundo en 80 camas retratado por el maestro Oriol Maspons.

El sexo del que escribiré, no es el que tiembla en la marginalidad de cada ciudad portuaria –y Nápoles lo es, y de las duras–, es el sepultado por el polvo del Vesubio. El volcán (1.281 metros) luce nevado sobre el medio millón de napolitanos que duermen sobre su falda sin querer irse de donde nacieron seguros de que su próximo eructo les tocará a otros, quizá a sus hijos o a sus nietos, pero no a ellos. La última erupción del volcán con nombre de pizzería mató a 26 personas en marzo del 1944. A nadie debe extrañarle que el Vesubio vuelva a escupir en cualquier momento. Las fricciones entre la placa euroasiática (entre el crecimiento joven de Asia y la vieja Europa, que le tiene miedo a todo) y la placa tectónica africana que nos manda pateras con las calmas del Mediterráneo (para humillar nuestras conciencias), se rozan. Cuando no nos aguantamos más el Vesubio escupe lava, escoria, ceniza y piedra pómez… Sí, la piedra que usan en las pedicuras para descargar los pies de las doncellas de durezas proletarias, fue la que sepultó a Pompeya.

El ‘Gabinetto Segreto’, en el Museo Arqueológico napolitano, es la sala tras cuya puerta se esconde el testimonio de las costumbres eróticas de Pompeya antes de ser sepultada. El falo, talismán del mundo romano, sinónimo de fertilidad y prosperidad es el protagonista de la sala que lo acoge en frescos, mosaicos, colgantes y esculturas. El falo (phallus) como virtud y no como el de la vergüenza… Falos de sátiros, falos en gárgolas, falos con forma de campana, de barro, en platos con su sodomía ilustrada, en el lupanar de Pompeya o en la puerta de las panaderías; falos cómicos o amuletos, siempre erectos, y otros que, aunque cueste escribirlo, dan y darán envidia, de la envidia cochina, esa que es la buena.

La sala acoge buenos ejemplos también del erotismo de banquete, ese que los romanos celebraban en la casa, tras la manduca, o al mismo tiempo, entre sorbo y sorbo. Ya en la librería del museo dos o tres referencias interesantes, por si prefiere el lector primero documentarse antes de viajar a Nápoles. Eros de la editorial Electa, recoge todas las imágenes eróticas de la Pompeya sepultada por la piedra pómez. También recomiendo la lectura de Sex on Show Spring the erotic in Greece and Rome (Caroline Vout). Y si se busca algo mas mundano, que el tema tampoco es muy sesudo, Eros in Pompeii, The Town of Venus, con DVD incluido de 33 minutos, de Edizione Spano.

Ya con hambre, Nápoles te grita a cada paso: ¡Pizza! ¡Pizza frita!… Y el mejor sitio, el único quizá, el templo de los templos, es la pizzería de Gino Sorbillo. Por menos de diez euros, que cuesta la pizza Genaro dedicada a Massimo Bottura, confundirás gula y lujuria en el lugar más visitado de la ciudad. No te dejes llevar por las prisas y entres en el segundo local, hay que esperar la cola (una señora te llamará desde dentro, micrófono en mano) e ir al horno original donde podrás comprarte el libro de recetas de la tercera generación. Todos las pizzas se llaman como los nombres de los herederos del negocio, así que mi consejo es que no te detengas mucho en los ingredientes, y riegues tu opción con la cerveza artesanal de la ‘famiglia Nazional’ (solo en botella, eso sí).

Si busca el viajero algo de canalleo, el after work de la Pescheria Mattiucci es el lugar imprescindible. La original, la de toda la vida, la pescadería de los viejos está en el barrio español. La de moda, la del sashimi con vino blanco de garrafa servido en cubo de playa de niño, la llevan dos hermanos que presumen de hacerse el verano en Ibiza levantando la pasta mientras cortan pescado para los barcos de los ricos en la Marina Botafoch. Algo habrá. Los azulejos garabateados por los turistas a golpe de rotulador Edding y los colegas del dueño, que deben bebérselo todo, dan cuenta de que la farra napolitana es marina, marinera, portuaria y burdelesca.

Bien comido, y con la libido alta por la sangre que necesitan las tripas para digerir, el postre (no dejen probar el tradicional Babà) en una visita al Nilo Bar, en el 129 de la Via San Biagio dei Librai, justo frente a la estatua de Nile, donde Bruno Alcidi construyó en 1987 un altar dedicado a Diego Armando Maradona que presume, entre otras reliquias, de un ‘capello miracoloso’ del pibe. Durante la vuelta en metro, o una vuelta al metro de una sola línea circular –porque hay dos Nápoles, el de arriba y el subterráneo–, merece la pena detenerse en la parada de Vía Toledo, diseñada por Óscar Tusquets. Es la que dicen “podría” ser la estación más bonita del mundo. Ya conocen ustedes el furor italiano por lo suyo, que es como todo lo italiano, también nostrum.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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