¿Qué significa ahora ser elegante?

Hoy, como siempre, la elegancia es pasar desapercibido. Si lo quieres elevar un poco más de tono, ser elegante es saber estar, en cada momento y en cada lugar,sincronizado con el entorno. A continuación voy a desgranar lo que, en tiempos de irritante adolescencia sacralizada como los que vivimos, significa para mí ahora ser elegante. Me he inspirado en una lista elaborada por el nuevo (gran formato) y renacido Uomo Vogue Italia, dirigido por Emanuele Farneti. La elegancia parece extinta, pero no ha desaparecido.

Lee filosofía. O estúdiala al menos. Esta semana, frente a Las Meninas, durante la presentación del nuevo número de la revista Matador dedicado a celebrar los 200 años del Museo del Prado, Antonio Muñoz Molina (63) protestaba sobre la falta de atención que reciben las humanidades. Alberto Anaut puntualizaba: “Yo no lo daría todo por perdido; en la historia todo va y viene”. Algo muy cierto. 

Lo importante de leer filosofía no es solo el aprendizaje de la materia. La filosofía necesita tiempo. Dedicarse tiempo a uno mismo para leer filosofía es un buen principio. Si no sabes por donde empezar puedes suscribirte al blog Brainpickings.org de la búlgara afincada en Londres, María Popova (35). Si te animas también puedes ayudarla con donaciones; por pequeñas que sean, lo agradecerá.

 

Si puedes vestir de uniforme no lo dudes. La elegancia masculina se incrementa con un buen uniforme. Recuerda Oficial y Caballero. O la boda de Meghan Markle con William y Harry vestidos por el sastre Dege & Skinner en Saville Row. Su perfil de Instagram @degeandskinnerofficial lo explica bien. No está al alcance de todos usar un uniforme –y no me refiero al baile de carnaval,claro– pero si tiene sentido, sácalo del armario.

 

No publicar selfies en las redes. Este no es negociable. Hay que saber resistirse el impulso. A los demás no les importan tus autorretratos. Sé que es duro escucharlo, pero es así. No me mal interpretes: a tus amigos o a tu familia sí que les gustará verlos, pero puedes enviárselos solo a ellos. Hacer públicos tus selfies es contribuir al tsunami de información banal que nos sepulta. Solo hay una excepción y es que tu Instagram sea privado.

Nada que objetar a ese maravilloso uso de Instagram que supone compartirnuevos puntos de vista, que nos ayuda al conocimiento y descubre fenómenos artísticos o recomienda experiencias. No es nada elegante el uso de la aplicación para el onanismo fotográfico que confunde la marca personal con el empacho de autorretratos.

 

Encuentra tu propio sastre. Un sastre no solo te vestirá bien, también se convertirá en tu confesor. Atención: no daré nombres, pero muchos de los sastres que conocemos no hacen verdaderos trajes a medida sino que, para abaratar el coste final de la pieza, adaptan las tallas más comunes. Desde luego, si no te llega el presupuesto, es una opción válida. Piensa también que no todos los sastres te hacen el mismo traje, porque su estilo está influenciado, como no puede ser de otra manera, por su propio gusto. El sastre del rey Felipe VI (pero quizá no quieras ir vestido tan formal) en Madrid es Jaime Gallo. También viste, entre otros, a Pablo Álvarez, propietario de Vega Sicilia. Un sastre también es,por definición, una persona discreta.

Si quieres algo más internacional te dejo un par de pistas: la primera en Roma, Franco Masino, recomendado por Pierpaolo Piccioli… ¿El diseñador de Valentino que le hizo el traje a Marta Ortega? ¿O el diseñador del traje de novia de Marta Ortega que trabaja para Valentino? Y en Milán, la sastrería favorita del marchante Simon de Pury, la del Doctor Augusto Caraceni. Por otro lado, si quieres ser torero no lo dudes, ve a la madrileña Sastrería Fermín, ahora que Talavante está “en retirada” te dará hora fácilmente.

 

No hagas fotos a los platos antes de comértelos. Se enfrían. Y los fríos se calientan. Si comes con alguien para hacer negocios, para volver a recalentar una amistad, o en una cita personal (familia o contactos sentimentales) no saques el teléfono, ni siquiera para consultar un dato de la conversación. Cuando te asalte una duda y el impulso te empuje a dejar la cuchara para consultar en el buscador el año de estreno de tal o cual película, resístete. Desde luego, fotografiar el plato antes de comérselo es peor que mancharse la camisa con la salsa de tomate. 

Recupera el sombrero. No estoy hablando de las gorras de rapero, que también están bien, sino de los sombreros. En Londres no dejes de pasarte por Lock & Co Hatters, su Instagram es inspirador. Si paseas tu cabeza por los madriles, te recomiendo visitar la Sombrerería Yoqs (en la calle Hortaleza, 13), entre otros, distribuidor autorizado de Stetson. 

 

No etiquetar a nadie en las redes sin pedirle antes permiso… Quizá no quiera que todos sus contactos sepan que estuvo allí. O quizá a su empresa no le parezca correcto que el puesto que representa esté asociado con el tuyo, con el que puede ser incluso que haya rivalidad. ¿Te has parado a pensar eso o solo estás buscando un like más? Prueba a preguntar: “Disculpadme ¿os importa si os etiqueto?” Te sorprenderás.

 

Pregunta también antes de invitar. Pagar la cuenta es elegante, pero no siempre. Si la persona a la que invitas no puede corresponderte, la estás entonces comprometiendo. Esta diplomacia de cañas y tapas debe aplicarse también a cuando eliges el restaurante sin preguntar, el hotel para el fin de semana o una botella de vino. La prudencia es muy amiga de la elegancia.

 

Lee la revista Robb Report. Desde hace 30 años, en sus casi veinte ediciones, se estruja las meninges para celebrar la excelencia de las marcas y el paladar de los connoisseur. La revista la fundó Robb con una newsletter dirigida a los propietarios de Rolls Royce en Estados Unidos. Los receptores le animaron pronto a ampliar el foco a todo aquello que son los Rolls Royce de la vida. Como el lector sabrá un Royce no es solo un coche caro, es por encima de esto, un coche excelente. En España tengo el honor de editarla hace diez años y he aprendido mucho haciéndolo sobre excelencia, buenas maneras y exquisiteces varias.

 

Elige destinos fuera del circuito. Los flujos turísticos van, casi siempre, a los mismos lugares. El New York Times recomienda cada año nuevos lugares para ir. Claro está que lo recomiende el NYT ya lo convierte de nuevo en destino de moda. Ir a la contra, al menos un poco, es signo de elegancia. Una sugerencia: el Restaurante Kameel de Viena (Zum Schwarzen Kamel), que celebra sus 400 años, es un buen plan para conectar con la historia de la elegancia gastronómica. Algo más cercano: el Museo del Bonsai de Alcobendas, que promovido por Luis Vallejo, es imprescindible. 

Escribe con tinta. No hay placer equiparable para la escritura que sentir como se desliza el plumín por el papel. Elige el grosor de dicho plumín en función de tu gusto. Como es lógico, a más grueso más gasto de tinta. Elige el color de tu tinta, para los clásicos negro y azul, para los más extravagantes hay tantos colores como te imaginas. No hace falta tener mucho presupuesto para escribir a pluma. Desde Alemania fíjate en las Lamy, baratas, cool y de batalla, a las más racionalistas Kaweco fundadas en Heidelberger, o bien en las series limitadas de Montblanc. Una pista para gourmets, la tinta Dr. Ph. Martin India a la venta en Green & Stone (Chelsea) en Londres recomendadas por el canario Manolo Blahnik (76).

 

Piérdele el miedo a la poesía. La poesía es la mejor amiga de la elegancia porque le pone banda sonora. Te recomiendo seguir en las redes a Elena Medel, acercarte a cualquiera de los libros editados por Chus Visor. Y si quieres estar más a la última, entonces la antología de la Premio Cervantes, la poeta uruguaya Ida Vitale. Te aseguro que puede convertirse en toda una aventura ir lentamente construyendo una pequeña biblioteca de poesía. Las ediciones de bolsillo de Alianza son muy baratas. Y si no quieres calentarte mucho la cabeza, los superventas sonetos de Joaquín Sabina, que en febrero cumple 70 castañas.

 

Recupera algo del baúl familiar. No tiene por qué ser una joya, y si lo es, no tiene por qué ser muy valiosa. Puede ser un pañuelo, puedes reciclar una americana, unos pantalones de pana gruesa o una corbata. Eso sí, llévala al tinte antes y asume que no todo vale solo porque lleve guardado un par de décadas.

 

Y para terminar algunas pinceladas más: los zapatos a medida, la flores de Simone Gooch para Fjura, siempre Hermès (en vajillas, complementos…) y una cita que se mantiene fresca. Diana Vreeland dijo que “la elegancia es decir no”, pero la pregunta, siempre sin resolver y que dará para más y más columnas como esta, desde luego que es decir no pero… ¿a qué?

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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