¿Por qué la gente que mola usa máquinas de escribir?

En 1874 la empresa Remington cambió la historia de nuestra civilización al comercializar la primera máquina de escribir. Por primera vez un artilugio podía escribir más rápido de lo que una persona lograba hacerlo a mano. Incluso más rápido que el calígrafo más experto. Así nació en castellano la palabra “mecanografía” (que para mí debería ser el título del álbum del regreso de Mecano).

Me encuentro entre los locos de las máquinas de escribir. Mi grado de locura es leve pero permanece agazapado y en cualquier momento podría despertar. El sumo sacerdote, al menos en el firmamento del imaginario popular, es el californiano Tom Hanks (64). En 2020 tras haber salvado al soldado Ryan, y escapado de una isla desierta, escribió para la editora californiana Chronicle Books el prólogo del libro Typewriters: Iconic Machines from the Golden Age of Mechanical Writing (208 pág.). Anthony Casillo, especialista en reparación, coleccionista y también fotógrafo, es su autor.

Para Hanks, al que pronto veremos en pantalla como una bola de billar para interpretar al “malvado” coronel Tom Parker, mánager de Elvis, hay muchas razones para usar una máquina de mecanografiar. Son estas: “Tu caligrafía es ilegible. Quiero decir, inteligible (…) es de esa clase de escritura que si la examinase un perito en un juicio sentenciarían: “Claramente culpable””. “No puedes permitirte, o eres demasiado torpe, para usar un ordenador”. “Tu religión te prohíbe el uso de maquinaria inventada después de 1867 cuando John Pratt inventó el Pterotype”. “Quieres asegurarte que tu carta/nota/recibo o discurso (…) perdure para siempre. (…) Es un hecho, nadie tira a la papelera algo mecanografiado nada más leerlo. ¿Cuánto tiempo guardas un email?”.

“Quieres disfrutar de la experiencia táctil de la mecanografía, su sonido, la calidad de la pulsación, el timbre del carro al volver (…) y de la satisfacción de sacar con fuerza el folio de la máquina… Raapp”. “Si lo que escribes es largo, el hecho de ir cargando de papel la máquina, folio tras folio, te ayudará a concentrarte en tus pensamientos”.

“Eres un artista, igual que Picasso, y todo lo que mecanografíes es arte. (…)”. “Te gusta cuidar tu máquina, colocarla bien para escribir, (…) cuidar que la cinta de la tinta esté fresca y tener a mano un buen paquete de folios y también de sobres (…)”. “Te encanta molestar a otros clientes tecleando mientras te tomas un café en el bar de la esquina”. Puro Hanks que en Instagram firma Hanx.

El texto es del 2019. Unas semanas antes de anunciar que había sido infectado de Covid, Hanks, que posee más de 250 máquinas, publicó en su cuenta de Instagram: “Me he traído mi Corona”. A los pocos días recibió un mensaje de un chico del que se reían en el colegio porque se llamaba “Corona”. Hanks le regaló su máquina de escribir y la historia ha dado la vuelta al mundo. Que una historia sobre una máquina Corona se haya hecho viral en tiempos del coronavirus tiene su guasa. Desde entonces, la demanda de Corona (los Coronas son para los hijos del baby boom unos cigarrillos revienta pechos que fumábamos con los del barrio para impresionar) se ha disparado.

Si quieres iniciarte te invito a que escribas a Joujou Saad, restaurador y propietario de una de las tiendas (online también, claro) de referencia, Mr & Mrs Vintage Typewriters. No te desanimes cuando veas tres o cuatro páginas de máquinas ya vendidas. No te dejes llevar por la ansiedad. Iniciarse en un nuevo coleccionismo no significa comprar el primer día la mejor pieza. En su tienda encontrarás máquinas entre 300 y 5.000 euros. Otro consejo, no es pecado comprar una máquina de escribir vieja solo para decorar un salón o para un regalo sorpresa, quizá un día al mirarla comiences una novela, o esa carta de amor que nunca te decidiste a escribir.

Si buscas una marca, además de Corona, ahí van algunos nombres de referencia, teclea: Remington, Royal, Imperial, Smith Corona, Underwood, Olivetti, Olympia o Hermes, que no tiene nada que ver con la aristocrática marca de la familia francesa Dumas.

Hay cuatro tipos de coleccionistas, los que solo compran máquinas previas a 1900, los cazadores de tipografías y lenguajes (se cotiza bastante el tibetano); los locos del diseño -entre los que me encuentro con mi Olivetti Valentine rojo Ferrari en perfecto funcionamiento; y los que eligen su máquina en función de lo raro que sea el color de la carcasa. No nos olvidemos de los cazadores de famosos. Imagínate el campo a explorar si te da por “cazar” la máquina que usó Ian Fleming (una Royal Quiet Deluxe), John Lennon (una Imperial Good Companion T), Leonard Cohen (Olivetti Lettera 22) o Bowie (una Valentine, como la mía, que Sotheby’s vendió en 2016 por 50.000 euros).

Como en los libros, la primera edición, que en la fabricación de máquinas de escribir correspondería a la primera generación, es la que más se cotiza. El récord de venta hasta el momento podría ostentarlo una Underwood de 1935 dentro de un baúl de Louis Vuitton que se habría vendido por 50.000 euros.

En Nueva York, la tienda Gramercy Typerwriter Co es la referencia. Aconsejo después de la visita, meditar la compra con un buen Dry Martini en el hall del Gramercy Park Hotel decorado por Julian Schnabel (69). La tienda fundada en 1932 por Abraham Schweitzer continúa regentada por la familia. Esas cosas que solo suceden en NY.

Para documentarse más -¿o mejor debería escribir para “autoenvenenarse”?-recomiendo un vistazo al documental California Typewriter (2016) y también un paseo por la web del American Writers Museum. Si tiramos de películas la columna se haría infinita, así que me guardo esta opción para rescatarla en futuras entregas. La mitología de las máquinas de escribir va íntimamente ligada a su mitomanía.

Seguro que si haces memoria todos tenemos una historia que contar sobre una máquina de escribir. Yo tengo varias. Pero recuerdo la vieja máquina Olivetti con ruedas en el despacho de mi abuelo, con la que escribía las facturas de la gasolina que despachaba a los camioneros que llevaban las hortalizas del Campo de Cartagena a Europa, y el chico que me vendió la Olivetti Valentine. “No creo que mi madre se moleste por vendértela sin decirla nada”, me dijo, “era secretaria, ya no la usa, la tenía arriba en un altillo olvidada”. Al escucharlo mi corazón superó con creces las 200 pulsaciones que conseguí al aprobar el carnet de mecanografía en primero de Periodismo.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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