Papelinas

¿Cuál es mi papel en la vida? Qué pregunta tan difícil. Desde que mi padre firmó mi partida de nacimiento en la clínica La Milagrosa, la celulosa y yo compartimos existencia. Y en estos tiempos de bits, la pasta de papel me gusta tanto como la de comer (mis favoritos son los pappardelle porque creo que se podría escribir en ellos).

Amo el papel desde el día en el que, en el carro de la compra, le llevé pescado fresco a mi madre envuelto en hojas viejas del ABC. No puedo olvidarme de las dobles páginas del diario que leía mi abuelo, colgadas del gancho de carnicero. Siempre pensé que al cocinar la merluza, la tinta se pegaría a los lomos y nos comeríamos unas noticias a la romana. Un día dejaron de usarlo y, en el viejo Mercado de Ventas, apareció un papel encerado que si lo planchabas (literal) podía servir para plastificar tu colección de hojas de árbol secas.

Me gusta el papel porque durante muchos inviernos ha protegido mis manos de la quemazón de las castañas asadas. Me gusta el papel porque si me lo pongo en el pecho  me abriga cuando febrero me tienta para que no vuele en mi moto. Todos los apuntes de la carrera los hice sobre el reverso del papel pautado de computadoras que alguien tiraba al contenedor cerca de casa.

Me gusta el papel porque su gramaje hace el amor con la yema de mis dedos. Me gusta el papel porque en las pelis americanas protege a los borrachos de la falsa moral y les deja beber en la calle.

Me gusta el papel porque si es para limpiarse el culo se llama ‘higiénico’, y si es muy muy fino lo llaman ‘papel biblia’. Adoro el de lija, con su estricta numeración que hace que la superficie de las cosas cambie.

Me gusta el papel de estraza, que es barato pero que si envuelve un buen paquete puede ser moderno. El de regalo. El papel de acuarela que todo se lo bebe. Su hermano mayor, el papel secante (que tantos tinteros se bebió). El que sirve para hacer pasta con la que hacer monigotes. El reciclado, que es verde.

Adoro el papel de calco. Me gusta el sonido del papel cebolla. El de aluminio, que es un gourmet. Y el gris marengo de los cucuruchos de los fish & chips de los puestos de Notting Hill durante el Carnaval.

Cómo me gusta el incómodo papel periódico en el formato sábana del New York Times y el de color salmón del Financial Times. Probadlo.

Me gusta el papel de Esquire. Y el papel tosco de Harper’s Bazaar, que mola más que el aburrido couché brillo.

Me gusta el papel pintado. La que liaban mis viejos cuando le daba a mi madre por redecorar la casa y mi padre extendía la cola a base de brochazos. Y el fotográfico que utilizaba Clint Eastwood en Los puentes de Madison.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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