Orinarse (de risa)

¿Cuándo fue la última vez que casi te meas de risa? No es una figura litera­ria. Hablo de orinar. De mear fuera del tiesto. De perder el control del esfín­ter, o casi, por ese estertor cercano a la felicidad suprema que es la risa.

Nunca olvidaré aquella escena. Cuatro y media de la tarde de un sábado. Dos abuelas que venían riendo por la acera me asaltaron con sus carcajadas. Apenas me había salido el bigotillo ese que lucen los hormonados. No creo que hubiese cumplido todavía los 16 cuando la pareja, descompuesta por el qué sé yo qué, se escondió en mi portal y una de ellas rompió aguas delante de mí de la risa y se meó ‘toa’. Salí disparado como Pedro Navaja con el bardeo.

La risa inesperada, esa que atraganta, que te hace llorar, como cuando recuerdas que tu padre se fue, que tu mujer te dejó. Las mismas lágrimas pero esta vez rebosan­tes de endorfinas. De esa droga que sientes cuando haces el amor y te corres a la vez.

La primera vez que vi a Chiqui­to de la Calzada supe que arrasaría. ¿Por qué? Porque no se le entendía. Cuando no entiendes a alguien, tu atención, tu entendimiento, hace un esfuerzo para acercarte a él. Poco importa si quien te acaba de robar el alma actúa, interpreta, miente o tan sólo exagera. Ya eres suyo. Un súbdito.

La misma primera vez supe, en­tendí, imaginé, el drama, la pena, la soledad, la tristeza, la ausencia, la oscuridad del payaso. A Chiquito de la Calzada era muy fácil leerle y difícil entenderle. Era sencillo com­prender, al igual que sucedía con Eugenio, que nos hace reír el que ha sufrido, el que ha sufrido mucho.

Para nosotros, Chiquito es in­mortal. La parca no puede llevárse­lo. Nos distrajo con su cuerpo -mi­nudencias-, pero nunca nos robará esa media sonrisa que se te pone cuando, con una caña en la mano, alguien en el bar suelta el «te das cuen» y tú, sin querer meterte en la conversación, porque poco tienes que ver con el tipo y sus maneras, sonríes (para tus adentros, eso sí) y te dices: ¡Qué bien se vive en esta España que todo el día está dándo­ se de hostias pero que tanto me gus­ta! ¿Te das cuen? ¿Te das cuen de lo mucho que mola vivir aquí?


Carta publicada en Man on the moon por Andrés Rodríguez

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