Mis once dedos

Tengo la misma mano que un orangután (Pongo pygmaeus) pero a las órdenes de mi cerebro mis dedos tienen una expresividad diferente. Ni mejor ni peor. Distinta. Muy mía. Hay dedos que uso para viajar gratis y me siento poderoso si lo consigo y me paran. Nunca olvido el cosquilleo de mis  tripas cuando cierro la puerta del carro y miro a los ojos al conductor mientras arrancamos. El gordo es el dedo que si te lo chupas te haces pequeño y las pelis en el sofá están más ricas.

El meñique me quita las cosquillas que me arrancan los pelillos de mi oreja. Así que no por ser pequeño es menos importante. Ahí le tienes levantándose presumido mientras me tomo un té en el Hotel Savoy, tan british él, tan british yo.

El índice es el que te dice dónde ir en la vida. Que quieres exponer en el MOMA, pídeselo a tu pulgar, que te lo consigue. Que quieres salir por la puerta grande de Las Ventas, apunta bien que te sacarán a hombros. El índice es el dedo de los emprendedores y también el de los navegantes. También el de los mocos, que no se me olvide, que a nadie le gusta tener la nariz atascada y a mí tampoco.

El anular es el dedo de los divorcios y el de los compromisos. Es el dedo que te engaña porque piensas que cuando la chica que quieres lleva tu anillo ya todo está chupao. El anular necesitaría hablar más con el índice en cuestión de amoríos.

Yo presumo de once dedos. Y tú también tienes once, no te equivoques. Juega conmigo y prueba a contarlos y verás como es así. Cuenta hacia atrás los de la mano derecha. Diez, nueve, ocho, siete y seis. Seis dedos en la mano derecha y si sumas los cinco de la izquierda son once. Abracadabra, tienes once dedos.

He escuchado a Nick Cave sólo una vez en directo, pero recuerdo con emoción cómo junte mis once dedos para aplaudir desde el fondo de mi corazón. Nick Cave no padece coprolalia, esa patología propia del síndrome de Tourette que te hace escupir blasfemias y palabrotas como un AK47. Cave fue primero punk, y luego nihilista y después cabaretero y hoy, con su pelo injertado teñido de caoba, es un artista del sufrimiento. Cave siempre tuvo motivos para lucir el dedo medio como lo hace en esta portada. Si no has visto el documental 20.000 días en la Tierra corre a verlo. Entenderás que haya elegido esta fotografía, que Cave regrese, para que Nick se beba la vida, como hay que beberla cuando uno de sus gemelos se ha caído por un acantilado.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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