Mi nevera me habla

Y sé que la tuya también, no me vengas con excusas. La mía, mientras enfría los alimentos caldea mi estado de ánimo. Hace mucho que estos armarios del frescor eléctrico dejaron de ser refrigeradores para convertirse en autobiografías domésticas. Cuando nos fuimos a vivir solos desplazaron a las carpetas de colegio y a los corchos de cuarto de estudiantes. En los apartamentos del hombre y la mujer Esquire la puerta de la nevera cuenta tanto de sus dueños como sus zapatos de fi n de semana. Si no me crees, haz la prueba cuando entres a una casa por primera vez: echar un vistazo a la nevera del anfitrión es casi una invasión de su intimidad.

A falta de una nevera, yo tengo dos. La de casa parece una nave espacial, y dicen los caseros que hace hielo propio, pero no sé manejarla porque el día que renuncié a programar el vídeo decidí no leer nunca más el manual de instrucciones de ningún electro(doméstico).

La reina de las frigorías en nuestra oficina es una Smeg negra y brillante que no se deja tunear bajo ningún concepto. Su puerta curvilínea no admite imanes porque está tan bien diseñada que no se quiere despeinar.

En el planeta de las neveras de autor hay gente para todos los gustos. A mi padre, con la jubilación, le ha dado por colocar imanes. Y tiene tantos, que como se te ocurra ir a buscar una cerveza, no encuentras por dónde abrirla. Cada puerta de nevera es un muro de Facebook. Los hay que colocan postales porque ya nadie sabe dónde guardarlas. Los hay también que arrancan páginas de fotos de revistas extranjeras con chavalas de buen ver que se van poniendo amarillentas cuando cambia la temporada, o aquellos más prácticos que tienen un memo donde apuntar todo lo que hay que reponer (eso sí, por Internet). Y, por supuesto, no faltan los que se dejan notas de amor. No sé por qué motivo, las peleas entre gente que cohabita nunca llegan a la nevera. Las notas de enfado suelen reposar en la encimera. Quizá sea para poder tirarlas más fácilmente.

Dentro, la vida fluye. Siempre que cierro la mía tengo la sensación de que la Nocilla se pone de charleta con las zanahorias y se cambian de bandejas como los juguetes de Toy story. Que las verduras le hacen el vacío al gazpacho de bote y las cervezas más selectas esperan el suspiro de la chapa al levantarse. Incluso me imagino que en la vida interior de mi nevera, descendiente directa de aquellas cuevas en la sierra de Madrid en las que en verano se escondía el hielo traído del Pirineo, hay funeral cuando tiro restos de comida y se desatan las envidias si me da por comprar foie.

Mándame fotos de la tuya. O arranca esta página y pégala en la puerta. Pero no te la dejes abierta, que se constipa.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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