Mear sangre

Este mes casi me muero. O eso pen­sé. Me pilló en la tarde del viernes, ya listo para ser Andrés y dejar de ser Rodríguez. Me encontró con la guardia bajada y la bragueta tam­bién. Hematuria. A mí me sonó a una diosa griega, pero en caso de ser deidad lo sería del acojone. Sangrar por la nariz es simpático. Molesta, sobre todo si te pilla conduciendo, o a punto de entrar en La Sexta No­che. Hay sitios en los que no es tan chungo. Si estás haciendo el amor y sangras por la nariz tu chica se pone tierna. Sangrar porque te caes de la Royal Enfield es una putada porque detrás del sangrado algún hueso se te ha roto seguro. Pero mear sangre te recuerda que somos un circuito cerrado y que tienes que revisar uno de los manguitos. Cuando pinchaba la rueda de la bici, mi padre metía la cámara en un barreño y la hincha­ba para ver salir las burbujitas. En aquel momento mi padre también me parecía un dios griego.

Hay quienes mean perfume. Los que han nacido de la pata del Cid o los que se lo creen mucho. Yo he tenido que tener cuidado este mes también con eso. Mear perfu­me mata más que la hematuria. Los halagos perfuman la orina. Una de estas noches de cocteleo (¿es ‘cocte­leo’ una buena palabra que usamos los que organizamos cócteles para que se lea más?), la Presidenta del Congreso de los Diputados me dijo: «Necesitamos editores como tú».

Andreu Buenafuente me escri­bió: «Tocayo, muy buena revista. En serio». ¡Hostias!, exclamé. «¿En serio?». Claro, lo serio es que un cómico avise cuando habla en se­rio. Buenafuente es buena gente. Buenafuente es un tío serio al que le gustan los contenidos de la revista:

«Humanidades. Personajes. Buen di­seño. ¡Gran futuro!», decía.

Toni Segarra, para compensar su sesgo publicitario, fue más pru­dente … «La primera ojeada ha sido magnífica. ¡Felicidades, señor!». ¿Se­ñor? ¡Hostias! ¿Señor no era un juga­dor de fútbol?

Carlos Galán, demiurgo de la dis­quera Subterfuge, escribió: «Ya tengo nueva revista favorita». ¿Cuál sería la anterior? Pienso que a su director le voy a caer mal a partir de ahora.

Femando Baeta, motor de El Español, dijo: «Tienes valor inven­tando revistas sin parar en un mun­do con tan pocos lectores». ¿Pocos? ¿Cuántos? ¿Y si fuésemos más los que sueñan que los que no? ¿Y si llegásemos a conectar?
Pau Arenós, zampabollos erudi­to y Premio Nacional de Gastrono­mía, me manda un mensaje con for­ma de bocadillo: «Qué envidia» -no endivia- «me das, editor».

Marc Ros, el Zipi de Risto Mejide (que es el Zape), dice que soy «un pelma», por mi cabezonería edito­rial. Alejandro de Vicente, maestro zen de directores y editores, me tes­tea: «Me gusta. Y ahora a no mentir», en referencia a mi carta de debut.

Y los ha habido radiofónicos, más de jornada liguera como Juan­ma Castaño: «Leída este fin de sema­na», o más de resumen del día como David del Cura, que publicó: «Léase con sintonía de @drjazz». Y los más narcisistas se hicieron selfi.es con el mono en pleno Chueca, como el bar­budo Urmeneta.

No sabíamos que moriría Haw­king, pero el destino quiso que la primera frase de portada fuese un homenaje a su legado. Como esta cover que acabo de poner en órbita. Ya meo bien, claro. Ya meo claro.

Carta publicada en Man on the moon por Andrés Rodríguez

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