Lo que yo sé de la vida

Hay vecinos convencidos de que se acerca el fin de los tiempos. Seguro que conoces a algún agorero de la tragedia, están por todos lados. Como te descuides, te pillan en el bar relajado, mientras te estás tomando un café; o en la radio, mientras te cepillas los dientes al despertar; o en pijama, abriendo un buen vino con tu mujer en casa. No descansan, son insaciables. Anuncian que el sistema se acaba, que dejaremos de comprar, que debería volver la mili, que la nieve se derretirá para siempre, que la gente joven no tiene hambre de éxito, que sólo veremos osos polares en el zoo, que la educación es una mierda, que nuestros hijos nos aparcarán en asilos 3.0, que la familia se descompone, que han venido a quitarnos el trabajo… ¡Buff! ¡Qué sé yo! Para mí se han convertido en un dolor de huevos (con perdón) y he decidido dejar de escucharlos.

Desde luego, hay motivos para rasgarse las vestiduras, pero para mí, la irritación no está en ganar más o menos dinero (tengo muy presente El traje nuevo del Emperador). Nuestra rabia está (mal) enfocada a la crisis económica, pero

¿qué pasa cuando vienen los chinos –saludos a Esquire China y Esquire Hong Kong– con la hucha llena para comprarnos deuda? Pues que sonreímos hasta que la mueca nos provoca agujetas y no les preguntamos por los Derechos Humanos o la libertad del Premio Nobel de la Paz. Votamos a partidos con listas cerradas y políticos que se han endeudado hasta los empastes con nuestros impuestos. Nos rige una ley electoral injusta. Nuestros colegios no son bilingües. Discutimos de todo y con todos sin tener a menudo la información necesaria sobre el tema. Nos relacionamos a voz en grito. Nos queda mucho en educación cívica. Rinconete y Cortadillo aún conviven en nuestro ADN, mientras los medios, temerosos por su supervivencia, impulsan las malas noticias para apuntalar el share.

Dicen que no merece la pena luchar. Yo de todo esto no me creo nada. Mira Esquire, es la historia de una lucha que continúa cada mes. Y por ahora, vamos ganando.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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