Lo que Playboy me enseñó

“Me fui de Esquire porque me aburría”. La frase no es mía claro, sino del viejo Hugh Hefner, fallecido esta semana para gloria de la vetusta asociación de quiosqueros, compradores compulsivos de revistas y onanistas adolescentes.

Mi primera toma de contacto con Playboy fue en el cuarto de mis padres, en el cajón de más abajo del sinfonier, debajo de varias cajas. Aprender que aquella revista le interesaba a mi padre (que no sabía una sola palabra de inglés) y que merecía ser escondida de su hijo de 14 años me advirtió que había un tesoro en casa. La última, hace unos días en Nueva York, en el mercadillo dominical de Hell Kitchen, donde es frecuente que los viejos ejemplares de los años sesenta se vendan a cinco dólares. Sus portadas, las ilustradas, son memorables (les recomiendo a todos el libro que Taschen publicó con la historia de la revista).

Andaba yo rebuscando en uno de los montones cuando el vendedor me dice. “¿Sabes que acabo de venderle una a un tipo que me ha dicho que la Playmate de la portada era su mujer?”, le pego un sorbo fuerte al latte tall del Starbucks y pregunto: “¿Sigue casado con ella?”. “Sí, esa es la historia… imagínate cuando le lleve el ejemplar esta mañana”.

Estas son algunas de las cosas que Playboy me ha enseñado:

1.- Hefner lanzó la revista recién casado. Lo hizo con 27 años y se casó con la primera mujer con la que se había acostado. Había sido virgen hasta los 22, tal y como confesó en alguna de sus entrevistas. En la década de 1960 la circulación de la revista pasó de un millón de ejemplares a siete millones en los setenta. ¿Te imaginas la presión para elegir la portada adecuada? Cuando su padre, Glenn Hefner, murió en 1976 le había dicho a la prensa meses antes que nunca jamás había abierto la revista de su hijo.

El éxito financiero empujó a Hefner a hacer cine, televisión, documentales, ropa, casinos y clubes. Hefner continuó firmando como director incluso cuando en 2015, acosados por la ausencia de publicidad, su hijo Cooper Hefner, anunció que Playboy nunca más (en la edición americana) incluiría un desnudo. ¿Te imaginas? La revista que inventó una nueva manera de mirar el desnudo femenino renunciaba a su mejor aportación. De locos. A principio de año tuvieron que rectificar. Había llovido mucho desde aquel primer número que incluía un calendario de Marilyn Monroe desnuda por el que pagó 500 dólares. Cinco años después los beneficios de la revista ya eran de 4 millones de dólares anuales.

2.- Hefner y la marca Playboy eran inseparables. Cuando una revista se asocia a una persona, Rolling Stone con Jan Wenner, Hustler con Larry Flint, Forbes con Malcolm y Steve Forbes o Anne Wintour con Vogue, la marca crece y deja a los rivales atrás. Hugh Hefner era Playboy y los errores de Hefner, que ha sido comparado con Ciudadano Kane o Disney, también perjudicaban a Playboy. Poco se podía hacer. Esperar a que muriese. De nada valió que su hija intentase enderezar la compañía. Todos, en nuestra ensoñación, imaginamos que Hefner aún hacía los castings para las portadas. Nada más lejos de la realidad hace décadas.

3.- Una revista puede cambiar las leyes. No bromeo. En el momento más álgido de Hefner, no contento con volar en avión propio, abrir clubes todas las semanas e hincharse a pasta, arrancó una campaña contra las leyes que prohibían el aborto, la criminalización de la marihuana y la sodomía. La historia la cuenta con detalle el documental American Playboy, The Hugh Hefner Story, que te recomiendo con devoción.

4.- Periodismo y erotismo son dos palabras que riman bien. El periodismo que se hizo en Playboy América durante los 60 y los 70 está escrito con letras de oro. Jimmy Carter confesó: “He cometido adulterio en mi corazón muchas veces”. Hefner le compró a Ray Bradbury Farenheit 451 por 4.000 dólares y Playboy la publicó. Su panoplia de firmas te deja turulato: Nabokov, John Updike o Kurt Vonnegut.

5.- A revista flaca todo son pulgas. En pleno boom de los clubes Playboy una conejita, Gloria Steinem, se empotró en la maquinaria del local, pero realmente se trataba de una periodista de la revista Show que describió la vida de las conejitas trabajando horas y horas con vestidos humillantes y zapatos estrechos.

La llegada del feminismo arrinconó a Hefner a la esquina de los opresores y de ahí le costó salir a él, a sus fiestas y a la revista. En 1980 perdió los casinos de Londres por fraude contra la ley del juego y le fue denegada una licencia para abrir en Atlantic City. Hefner tuvo que vender su sello discográfico (sus producciones de jazz y sus festivales forman parte de la historia) y vender también la revista Oui. El edificio de Chicago también fue vendido y el de New York perdió su celebre logo. En 1985 un infarto casi se lo lleva al otro barrio. Antes de su muerte tenía 1,4 millones de seguidores en twitter. Deja cuatro hijos.

6.- Nadie quería editar ya Playboy en España. Casi nadie. Pocos quieren anunciarse ya en ella. La última portada de Ana Obregón, en mayo, está muy, pero que muy lejos de la ensoñación erótica que hizo la revista legendaria. Hace unos años un alto ejecutivo de Playboy visitó nuestra editorial para estudiar la posibilidad de reeditarla. Confieso que imaginé un Playboy intelectual, travieso, comprometido con la política y el jazz. Incluso hice algunos números en mi cabeza. Y entonces pinché el Canal Playboy en Movistar Plus y me encontré con el porno duro y rechacé la propuesta. Aprendí algo, los programas en argentino del Canal Playboy están muy lejos de ser erotizantes. ¡A la líbido el idioma le importa!

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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