¿Hace cuánto que no te subes a un árbol?

A los 20 años que canturrea el bolero, “que no son nada”, que Alfredo Le Pera le escribió a Don Carlos Gardel, yo an

No se me han acabado los temas. Ni tampoco padezco el síndrome del columnista que no ve más allá de su ombligo, pero ayer, como el que se cruza una perseida la noche de San Lorenzo (patrón de los cocineros) caí en la cuenta. ¿Hace cuánto que no me subo a un árbol? Parece que no sirve para nada, pero es falso. Piensa a ver cuánto tiempo hace que no subes tú.

Y eso hice. El elegido fue un viejo algarrobo de unos cinco metros de raíz a copa, al que la historia había divido en dos grandes ramas de un metro de perímetro cada una, más otras tantas (hijas o hijastras) que lo despeluchan con gracia. El algarrobo presume de fortaleza y armonía, y aunque sus algarrobas ya no las comen los humanos porque no nos acordamos de las hambrunas, parece un árbol realizado, feliz en su objetivo de retener el terreno, regar de olor dulzón la isla, y reposo a las lechuzas.

Primero hube de arrancarle la hiedra en la que las hormigas habían construido una autopista (cabreadas, decidieron desviar su hoja de ruta a mis brazos y te aseguro que una hormiga cae bien pero cientos encima es la mejor manera de aprender a bailar el boogaloo). Ya desnudo de hiedra le podé la base de un lentisco (Pistacia Lentiscus) expansivo que cubría su tronco rugoso y por último tuve que explicarle a una buganvilla, que lo había invadido de raíz a copa, que había que respetar las formas y que cada mochuelo a su olivo. La buganvilla siempre cae bien pero pincha como una salvaje cuando ve que la quieres desalojar de un algarrobo molón.

¿Hace cuánto que no te subes a un árbol? Desde arriba todo es diferente. Las cosas que te rodeaban antes de la escalada parecen aún más pequeñas. Eso lo sabías antes de subir. Pero ahora sabes que su orden en el mundo es relativo. Arriba empezarás a pensar cuántos años tiene el árbol. Si le dolió cuando le nació aquella rama a la que no te atreves a subir porque no te da confianza. ¿Quién le podó aquella otra que parece tan cicatrizada? Desde arriba del árbol te sientes protegido pero tienes miedo de caerte. No tienes edad ya para romperte huesos. ¿O sí? ¿Hay una edad límite para romperse huesos? ¿Mola más una rodilla machacada en Baqueira que un codo roto al caer de una higuera vieja? Decídelo tú. El árbol no te cobrará forfait. Mejor no caerse.

Cuando estás arriba no ha pasado ni un minuto y ya quieres construirte una casa. ¿Y cómo será? ¿Para cuántos? ¿A quién invitaré? ¿Le pondré un camastro para las siestas? O solo para leer… ¿Qué libro empezaré a leer aquí? ¿Cuándo empiezo a construir? ¿Usaré clavos o solo cuerdas? ¿Me acuerdo de algún nudo? Me siento un chiquillo. ¿Todo esto me ha pasado desde que subí el algarrobo? ¿Tiene este árbol poderes? He visto muchas películas con arboles que se mueven… ¿cómo se llamaban? ¿Se moverá éste por las noches? ¿Le gustará que le construya una casa entre estas dos ramas? Le gustará, seguro que sí. Estaba esperándome. Que contento estoy.

¿Hace cuánto que no subes a un árbol?


Muy pocas situaciones te hacen volver a ser un niño. Algunos recuerdos lo consiguen: el mar, un columpio… pero muy pocas situaciones nuevas. Sentí algo parecido en El Bulli la primera vez que fui. Aún lo siento cuando veo delfines en libertad. Y cuándo me subo al árbol.

¿Te imaginas lo increible que sería subir al árbol descalzo, sin hacernos daño en la planta de los pies, sintiendo cómo podemos agarrarlo con nuestros dedos? Y quedarse arriba, sin prisa alguna, escuchando la lluvia de verano, ni necesidad de wi-fi, meditando si merece la pena bajar. Y cuando hacerlo. Y para qué.

Prueba con un algarrobo. O un olivo centenario. O con una vieja higuera en Formentera. O con el gran pino cercado que hay en Ibiza en Pi Ver de Can Besuró. Y si te apetece un libro para leer arriba prueba con El Barón Rampante (1957) de Italo Calvino, la historia del Barón Cósimo que vive en los árboles desde que discutió con su padre. Y de sus amores con la niña Viola a la que conoce porque ella tenía un columpio en uno. ¿Hace cuánto que no te subes a un árbol, amigo?

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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