Enemigos

Claro que tengo enemigos. Negarlo sería estúpido. Tonto soy, imbécil no.

Seguro que tengo muchos menos enemigos de los que me he buscado; algunos los coseché sin darme cuenta, a otros sé lo que les hice. Y desde que soy aprendiz de editor de revistas chulas y para terminar de joderlo, empresario- plumilla arropado por anunciantes solventes, digo yo que debo de imantar a algún que otro ulceroso. Debe tratarse de un despistado que no sabía con quién meterse y debió pensar, pues hala, contra este gilipollas que se llama Rodríguez (si mi padre llega a ser Zapatero, me cae un meteorito encima).

Para mí, la envidia es sufrir la maldición que condena a cada ‘telespañolito’ a levantarse a diario con una piedra en el bolsillo. Si no queremos perder el pasaporte –grana y oro–  nos auto obligamos a tirarla cada día contra algún vecino, porque si no se la endilgas, mañana te crece otra en el bolsillo. Y así vamos, 46 millones de compatriotas lapidándonos unos a otros (no vale utilizarla contra los ingleses por el Peñón, ni contra los gabachos porque la Bruni canta mejor que Letizia). Anda, ten los cojones de destacar y verás qué pedrada te cae. No te van a caber las cicatrices en el careto.

De vuelta a mi Lista de Schindler, mis enemigos sabrán quienes son. A algunos los conozco bien, a otros aún no tengo el gusto de haberles pagado el gin tonic, por eso, al lado tienen mi e-mail para registrarse. Eso sí, pueden borrarse cuando quieran porque en mi lista es tan fácil entrar como en la lista bautismal, y garantizo mil veces más facilidades para borrarse que Roma para declararse apóstata. Doy fe.

Por si escriben menos de los que hacen falta para preocuparme, declaro mi te-espero-a-la-salida a unos cuantos. Me tienen en contra los que no se la juegan, los que se rinden, los que creen que lo que aparentan es lo que son, los que hablan mal de los demás, los que engañan a sus mujeres, los que no cambian y están seguros de lo que piensan, los que abandonan perros, los que se olvidan de sus vinilos, los que vacían el cenicero del coche cuando cogen la Nacional. Me tienen muy cabreado los que creen que el dinero manda. Me la sudan los que no se cultivan. Los que creen que su apellido ya los situó. Los que roban a sus socios. Los que no le cantan a sus hijos. Los que no se hablan con sus hermanos.

A todos esos les soltaría una hostia a bocajarro, pero como resulta que el Dalai Lama es un ser violento a mi lado, y nunca me he pegado con nadie, no me atrevo a otra cosa que a retarles a un duelo de ripios, y en caso de empate, a un partido de petanca nudista. El que pierda le paga al otro una suscripción a Esquire. Pero eso sí, el que gane se lleva a la chica (si ella está de acuerdo).

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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