En mi azotea

La felicidad, al menos para mí, es una escoba de bruja y un recogedor metálico con los que bailarme un barrido de azotea. El sonido acom­pasado de las cerdas me ha ayuda­do a que se me ocurran algunas de las cartas más peregrinas que he es­crito y que de no haber podido pu­blicarlas las habría lanzado desde el octavo en un avión de papel. Cuan­do no uso la escoba para darme una vuelta en las noches sin luna, una buena barrida es mejor que el diván de un psicoterapeuta.

Tengo el terrat (besos, Andreu) tan limpio que el holograma de los Beatles la elegiría para volver, para el Get Back. Mi azotea es un vergel de mandarinas, manzanas peque­ ñas, pera limonera (como la vida misma que así es), cientos de tími­das lombrices, romero, lavanda que tiene siempre pedo al abejorro, cri­santemos para recordar a mis muer­tos, hortensias con nombre de viu­da del Barrio de Salamanca, olivas que me roban las palomas, guano, aloe por si me pica el pellejo y una ducha que en las noches de verano refresca mi estrés y me conecta en cueros con el firmamento urbano.

Mi azotea maneja mi esqueleto, que sujeta mis vísceras, y sostie­ ne el sistema nervioso y mi escasa musculatura, me hace andar así, correr asao y no saber bailar. Mi azotea una vez se vio cubierta por un pelo más abajo de los hombros y que hoy es recuerdo en una foto­grafía cuyos colores cada año ama­rillean más.

Con los años, mi cráneo se va deformando y el espejo, siempre alerta, hay mañanas que me escupe la forma de la cabeza de mi padre. Al verme me pregunto si en mis últi­mos días mi azotea y la suya se pa­recerán y si tendré una muerte lim­pia e indolora como fue la del que me firmaba las notas o la mía será una inundación de desagües.

Cuando tengo problemas salgo a barrer, o me paso la mano por el craneo, como si rascando o barrien­do (abusando del gerundio) se me fuese a ocurrir la receta del milagro de los panes y los peces.

En la azotea, el fulgor de la ropa limpia al sol, ese que ciega las certe­zas más profundas, a mí me protege de todo lo malo que pueda pasar, porque una sabana de 220 por 240 limpia y soleada es mejor que la capa de invisibilidad de Potter, Ha­rry. Eso sí, cuando pierdo las pin­zas, se me va la pinza.

Carta publicada en Man on the moon por Andrés Rodríguez

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