El jardinero de Chillida-Leku

Anteanoche en el Museo Chillida-Leku, la luna, llena hacía tres o cuatro días, no rebasaba aún la copa de las hayas, los chopos y los robles de las campas de Zabalaga. Justo en ese momento el sueño de Eduardo Chillida (1924-2002), que fue portero de la Real Sociedad, parecía desvanecerse. Las verdes praderas se volvieron negras y las formas se licuaron.

Las esculturas no están iluminadas en el Chillida-Leku, tan solo el pequeño camino que conduce al caserío. ¿Por qué? Supongo que iluminarlas sería intervenir en el espacio, o quizá la respuesta sea más sencilla y se trata de ahorrar porque por la noche no hay visitas. El Chillida-Leku, el viernes fue la última cena de la temporada, propone un paquete de visita con manduca -todo a la parrilla- que es recomendable para ver el último rayo de luz desaparecer con la mandíbula trabajando.

No iluminar la obra en el Leku, a mi juicio, es una buena decisión. Cuando la pupila deja de verlas pienso que se han ido, que se fueron a sus casas, que están hartas de que los herederos las tengan siempre en el mismo sitio, que una de las Lurras (esculturas en piedra chamota) se ha enamorado de una de las grandes esculturas de hierro y las noches son suyas, los días de los visitantes.

Cualquier museo se puede explicar por su tienda de recuerdos, como un libro se puede recomendar por su portada, o una revista por su “tapa”. A mí hay veces que me apetece ver antes la tienda que el Museo (y espero no perder esta columna por esta confesión consumista). La “botiga” del Chillida-Leku es buena. Está a la altura de lo que se exhibe, con litografías (100 euros) y una buena selección de carteles -cuando abrieron en abril del 2019 editaron uno para conmemorar el renacimiento-. Quizá esté un poco forzada en algunos objetos, las toallas… qué sé yo, pero está bien.

Si me permite Mireia Massagué, la directora del Museo (¿manda también el director de un museo sobre lo que se vende o lo que no en la tienda? Espero que sí), creo que, aunque no se vendan, faltan libros. Eché de menos más libros sobre las fuentes de inspiración del maestro, su tiempo, sus coetáneos, los años de plomo en Euskadi, la fractura social… Es fácil de arreglar, espero que se entienda mi sugerencia. Si quieres saber que compré: un cartel sobre la última exposición de Chillida en la Galería parisina Maeght en 1968, y dos postales, una con el escultor en pleno montaje de El Peine de los Vientos y otra instantánea en la que Calder, el gigantón, el demiurgo de los equilibrios, parece estarle gritando en broma.

A la mañana siguiente de la visita, en ese momento en el que te lavas la cara, y aún no sabes si vives en los recuerdos de ayer o en el rugido de tripas del ahora, me di cuenta que de lo que más me había gustado había sido el paisajismo de Piet Oudolf. No se asuste el lector. Le daré algunas referencias. Oudolf (75) es un holandés, arquitecto de profesión, famoso, muy famoso, por sus jardines de flores. Yo iría un poco más allá y describiría sus paisajes como jardines para insectos. Diseña y planta parques de atracciones florales para insectos. Y no sabes qué bonitos son.

En Barcelona creó un jardín en 2007. Es muy probable que hayas paseado una noche por el High-Line de Nueva York, ese paseo elevado sobre las vías del tren, y disfrutado del edifício curvilíneo de Zaha Hadid. Oudolf imaginó, eligió y plantó todas las flores que ves en las veredas. Esa misma sensación es la que recibe al visitante en Chillida-Leku y es una de las grandes novedades entre la primera vez que lo visité a los dos o tres años de abrirse y ahora. Sigue a Piet Oudolf en su Instagram, casi se pueden oler sus jardines.

El Chillida-Leku (el lugar de Chillida) vive un momento de esplendor tras el acuerdo cerrado entre los galeristas suizos Hauser & Wirth (Zurich, Londres, Somerset, Nueva York, Los Ángeles, Hong Kong, Gstaad y St. Moritz) y los herederos de la familia. Durante nueve años el museo estuvo cerrado tras pérdidas anuales en torno a los 400.000 euros que la familia tuvo que suplir vendiendo obra. Vender obra es siempre doloroso para los herederos. Cuando los galeristas se pusieron en contacto con la familia para pedirles gestionar de por vida sus derechos y su obra, con la promesa de revalorizar a Chillida, la familia aceptó con la condición de que los suizos se ocupasen de reabrir Leku y gestionarlo. Y aceptaron.

El modelo está en constante reinvención. Este verano en el Leku hubo jazz y cine al fresco. Me atrevo a proponer a la directora que el Museo convoque juegos nocturnos, aprovechar la oscuridad de las esculturas y las vastas praderas para hacer juegos de pistas, con luna o sin ella -¡atención prohibidas linternas! Si se apura me invento uno para adultos.

La revista Time -¡que importantes son las revistas que quieren ser mucho más que revistas!- le ha entregado al museo su sello «Time World Great Places 2019» y el equipo presume de su galardón en su web y en las taquillas.

Pero el verdadero protagonista de Leku, además del espíritu de Chillida y su legado, es el jardinero. El tipo montado sobre un tractorcillo segador mantiene a raya las praderas de césped, que sostienen las esculturas, las amplifican y las abrazan. El jardinero de Chillida Leku debería recibir a los visitantes, montarles en su tractor y contarle todo lo que sabe de lo que hacen las esculturas cuando el sol se va y ellas campan a sus anchas.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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