¿Donde encuentra un hombre la inspiración para comprar sus gafas?

La idea de este artículo se la debo a la portada del diario Expansión del pasado viernes 6 de abril. El titular: “Telefónica despeja la salida a Bolsa de O2”. Me fijo en la fotografía que lo ilustra, un primer plano de José María Álvarez Pallete, luciendo gafas de ver, con tremenda personalidad. Aquí tengo una columna, me dije. ¿Dónde encuentra un hombre la inspiración para comprar unas gafas de ver? ¿Cómo hice yo? Veamos.

Uso lentes desde hace cuatro años. Me decidí la noche en la que para leer Vida o Muerte en el Mar de Dougal Robertson, tuve que estirar los brazos como el Doctor Gadget. Estoy convencido que Steve Jobs y su pantalla tiene mucho que ver en mi vertiginosa pérdida de visión, que es, desde luego cuestión de edad. Reconozco que cuando el óptico me dijo que debía ponerme gafas me enfadé. El enfado me duró un par de días porque la coquetería me dio rauda un buen masaje y me lancé a encontrar mi nuevo rostro.

Excitado ante las nuevas posibilidades de compra, llámalo decadencia del capitalismo, llámalo adicción a las compras o simplemente vanidad, me inscribí rápido en la tribu gafapasta, subclase de la familia hipster, a la que para pertenecer no hace falta dejarse barba ni ser pelirrojo.

Los hombres necesitamos tanta atención como vosotras.

Los hay más pudientes que optan por amarrarse a la muñeca un Rolex Submariner Vintage (recomiendo los de los 70 y los 80. Para más info acudir al libro Rolex Vintage Sport Watches de Martin Skeet y Mick Urul 67 euros). Los más prudentes optan por un suiza smart watch, un Swatch vamos. Los que necesitan que se les vea mucho tiran de corbata de Hermes o llevan gemelos relacionados con la empresa para la que trabajan o su hobby. Los hay que delegan la llamada de atención en los calcetines de colores. Mis favoritos son los de hilo de Paul Smith o los italianos Gallo. Y también están los que por la noche chatean a todos sus posibles ligues a la vez, tras la cena, mientras tienen de fondo First Dates de Cuatro. Esos suelen usar los tatuajes en el cuello para que se vea que tienen actitud, aunque también hay un subgrupo que lleva tatuajes que solo se descubren cuando el protagonista se queda, a la intemperie, en pelota picada.

Soy tímido y mi timidez reduce mi coquetería masculina a zapatos y gafas. A los zapatos masculinos ya le dedicaré más reflexiones en el futuro, hoy toca como sacar partido a tu masculinidad cuando sobre un burro ves a solo dos cuando los que van montados son, al menos, tres.

Cualquiera que lleve gafas para ver sabe que el día que te las pones ya nunca más vuelves atrás. Antes de usar gafas de ver, lo primero que hacía al levantarme era coger el móvil, ahora lo que hago es coger las gafas porque sino no se donde está el móvil.

Si quieres algunas pistas cinematográficas revisa la filmografía de Michael Caine, imprescindible The Ipcress File (1965), su primera aparición como Harry Palmer. Caine no usaba las gafas solo para el personaje como documenta una maravillosa fotografía tomada por Harry Dempster en 1964 que retrata a Caine, tomando el té con su madre en las que las usa para leer el diario. No es el único claro. Armani se ha inspirado claramente en Atticus Finch, el personaje de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor. Que decir de Malcolm X, de Marcello Mastroianni en 8 1Ž2, O de las gafas del vapuleado Woody Allen. ¿Alguién se imagina a Woody Allen con lentillas? También puedes inspirarte en las películas de carreras de Robert Redford o las fotos de rodaje de Steve McQueen (Persol las comercializa hace tiempo, pero son de sol).

Elegir gafas es jugar a disfrazarse de Henry Kissinger, de Malcolm X, Lennon sin Yoko o imaginar casas como Phillip Johnson. O de Buddy Holly, o hazte un Jeff Goldblums, tras el éxito de Jurassic Park, o si no quieres crecer, un Harry Potter.

Buen referente es Colin Firth en A Single Man cuando Tom Ford se convirtió en el amo y señor de las gafas de acetato negro. No hace mucho si no llevabas unas Tom Ford no eras nadie. Invité a Tom Ford para el estreno de su película en Madrid hace unos años y luego le organice una fiesta en aquel Piu de Prima, (¿te acuerdas’) centro del-todo-madrid. Aún estoy viendo a Ford molesto porque cientos de personas fumaban como carreteros dentro. No tardó en irse, demasiado ruido para el tejano.

Así que mis primeras gafas de ver las había diseñado Tom Ford. Ajuste mi sonar de tendencias y me hice con unas. Primer problema: Ford vendía dos tamaños. Yo que en Boinas Elósegui calzo un 60 de azotea opté por el tamaño grande. La primera sensación fue doblemente placentera: podía ver y además hacía reir a todos al ver mis ojos tras esos dos grandes cuadrados negros. En los primeros selfies (impublicables, no insistas), me parezco a la pequeña abuela de Los Increibles (2004).

Siempre me habían gustado las gafas de sol. Fui buen compañero de los primeros modelos que Renzo Ross lanzó en Diesel y cómo no de la Wayfarer de mi amado Roy Orbison. Si eres de los de las Wayfarer te recomiendo escuchar a Roy Orbison (en la portada de su mejor disco Lonely and blue 1961 no lleva gafas) o Infidels (1983) de Bob Dylan (acuérdate que el disco lo produjo Mark Knopfler). Pero también están a los que les gusta ir a la contra, como el anarcoide Franco Battiato que cantaba eso de “hay quién se pone unas gafas de sol, por tener más carisma y sintomático misterio” en mi adorada Bandera Blanca (1981).

Seamos prácticos. Si eres más de look inglés, sin duda ve a Cutler and Gross en Knightbridge. No compres online. Unas gafas o se prueban o tirarás el dinero. Otro consejo. Ve solo. Una novia o un amigo no es siempre el mejor consejero para que un hombre se compre una gafas de ver. También puedes hacerte cliente de Emil Bruno Meyrowitz, un emigrante sudafricano que abrió su primera óptica en Londres en 1875, y que ha tenido entre sus satisfechos compradores a Churchill, Roosevelt, Grace Kelly o los Duques de Windsor. Ahora el negocio pertenece a Sheel Davison-Lungley que aún diseña sus propias gafas.

Y si eres más del Village entonces eres como yo. A mi me salvó la vida Moscot en Nueva York. El escaparate de Moscot es un templete a Terry Richardson (52), a su camisa mantel, y a sus gafas. Tras la bajada a los infiernos del fotógrafo, por la avalancha de abusos sexuales, no se si habrán quitado su fotos del escaparate pero me atrevo a vaticinar que nadie el modelo ha debido dejar de venderse.

Si a ti la pasada noche un DJ salvó tu vida, a mi me la salvó Moscot porque cuando encontré su modelo The Lemtosh, patentado por la familia judía que fundó la óptica, me vi para siempre. Truman Capote o Johnny Depp son militantes de esta montura rescatada de los archivos de la marca en los años 40.

Llevo las gafas siempre sucias. Una amiga me ha enseñado a lavarlas con agua y jabón y mi frecuencia frente al lavabo se ha cuadriplicado.

El problema es que sin gafas, sin las Lemtosh, ya no soy yo. Quizá no sepa hacer revistas. Quizá no escriba ningún artículo más. Me quede seco como la mojama del Mosqui en Cabo de Palos. Cuando me las quito para lavarlas el hombre del espejo es otro. Pero eso, es otro artículo dominical.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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