Carta de amor a las palabras traviesas

Creo firmemente que las letras de mis libros, cada noche, cuando doblo las patillas de mis gafas Moscot Lemtosh y cierro los ojos, reviven y se van de verbena, como hacían los juguetes de Toy Story (1995) cuando Andy apagaba la luz. Puedo demostrártelo si vienes un día. Andy (23) es tocayo mío y también del lánguido sabio Andrés Aberasturi (69), del taurino Andrés Calamaro (56) -al que estoy aconsejando para editar su primera revista-, de Andrés Amorós (77) y de Buenafuente (que bueno que presentes los Goya con tu “santa”, como decía Peret).

Hay madrugadas que me levanto de puntillas y al verme sonámbulo frente a los estantes las letras se recolocan a toda prisa. Algunas con el tumulto se equivocan de lugar y comienza un baile de confusiones.

Las más traviesas se atraviesan sobre las traviesas de mi Traditional Train Set (un tren a baterías que rueda sobre unos 5,75 metros de raíles en un círculo perfecto, sonido de locomotora y luz de flash incluido. A pilas. Por 39 libras en Amazon). ¿Por qué los trenes eléctricos tienen el privilegio de conservar la inocencia de la infancia?

Esta semana andaba yo refrescando lo aprendido en cabuyería, antes del embarque estival, y descubrí infraganti a unas letrillas despistadas jugueteando en The Ashley Book of Knots (El libro Ashley de los nudos, 1944. 67 euros). Al encontrarlas descalzo me asaltó un estornudo y se me deshizo el nudo ballestrinque. Me hice un té matcha del Starbucks (me pregunto por qué solo lo venden en Japón) y me pasé a practicar el as de guía (bowline knot).

Cada vez que abro Word, o rescato una Moleskine, encuentro nuevos pasos de baile ortográficos. El verbo “increparte” me reprende con dureza pero creo que también podría servir para preguntarle a la mujer que amas una tarde de lluvia si le apetece un crepe (si te gustan las tortitas con dulce de leche apúntate La Creperie de Josselin en Montparnasse. La mejor de todo París).

Las palabras traviesas no distinguen entre esdrújulas, llanas o agudas. Por eso propongo una nueva categoría, si es que Álex Grijelmo (62), que dirigirá la Escuela de Periodismo de El País me lo permite, la de las palabras “peliagudas”, que bien podría nombrar a aquellas que se complican la vida y que nos incitan a meternos en problemas difíciles de resolver.

Hay letras que presumen de ser especialmente traviesas, como esa “g” sinuosa que al saltar de sitio pasa de nombrar un “jersey” a un “geyser” (del islandés geysir). Lástima que la RAE advierta claramente que lo correcto es usar la “i” latina (que prefiere navegar con vela latina) y, al chorro de vapor y agua que sale de tierra, escribirlo “geiser”.

Las hay que adoran la naturaleza como “pasamontañas” (no te pierdas el libro Montañas del ilustrador Antonio Ladrillo (@antonioladrillo) editado por los riojanos Fulgencio Pimentel (@fulgenciopimentel).

Están también las que se quiebran cuando tienen que pagar y una factura les provoca una fractura. Las que se pasan de la raya y convierten la alegría en alergia o van y a propietario le cambian la “t” por la “l” y le roban una “i” para empobrecerlo y convertirlo en proletario. O las que abusan de su poder, como la “ñ” cuando junta a “uña” y “roña” y te deja las manos impresentables.

Me encantan las letras gamberras, que el orden me aburre, así que recuerde el lector que una simple coma puede salvar una vida. Fíjese: “!No tenga piedad!” da una orden y destina al reo al cadalso. “!No, tenga piedad!”, con su coma en medio, lo contrario y entonces el preso se salva, y así yo mantengo la esperanza, de que pueda leer mi columna de la semana que viene.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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