Bienvenido al lejano Occidente

“¿Por qué lo habéis escrito en inglés?”, me pregunta Nadia Calviño . “Una pizca de marketing ministra”, le respondo mañanero. “A mí me gusta decir España más que Spain. Cuando voy a Cataluña siempre lo utilizo.” No le falta razón.

La ministra Calviño entró por la puerta de mercancías del Reina Sofía de Manuel Borja-Villel (62), por donde salen los maestros cuando los prestan y se van a conocer otros museos, a otros visitantes, a hacer contacto visual con otros ojos, y recibirla antes su coche fue un baño de escarcha en la mañana más heladora de un noviembre disfrazado de febrero.

Nadia Calviño, en coche oficial, cristal tintado, madrugó para inaugurar Reinventing Spain, el foro de Forbes que se preguntaba, por tercer año consecutivo, ¿qué España queremos y qué tenemos que hacer para que nuestros hijos la reciban mejor? Fácil, lo primero es tener hijos. Y ya sabe el lector cómo se encargan.

La ministra nos contó en los cafés previos que creceremos, décima arriba, décima abajo. Y tras “largar” lo que le toca, decidió quedarse porque había visto el vídeo que Iñaki Gabilondo (77) grabó para explicar su comisariado del evento y no podía estar más de acuerdo.

Gabilondo andaba bien jodido con una muela que lo tiene descoyuntado desde hace dos días. ¡Ay quién fuera la muela de Iñaki! El miércoles estuvo comiendo con Amancio Ortega (Busdongo de Arbás, 83). Cinco horas de almuerzo y sobremesa con el hombre cuyo nombre más se tuitea y menos se escucha hablar de este principio de siglo. ¡Ay quién fuera la oreja de Gabilondo! Hasta su dentista me gustaría ser por si con la anestesia me contase que piensa Ortega, no el filósofo que lo dejó todo escrito, sino Amancio.

Cuando yo era chico, decir Amancio era mentar al Madrid, cuarenta años después pronunciar Amancio es sinónimo de “pasta fresca” (espectaculares los resultados presentados esta semana otra vez más). Le queremos señor Ortega. No lo olvide. Seguro que Iñaki, tan cabal, se lo dijo.

“Me quedo a verlo, ¿Carmen?”, los ministros tienen que preguntar a sus jefes de gabinete si pueden, “¿puedo quedarme?”, preguntó Calviño, muy elegantemente vestida, con la mirada tranquila de quien ve el gobierno ya resuelto. Y se quedó a escuchar a Gabilondo charlar con Josep Piqué, más delgado, en una conversación que pareciera que dialogaban el sentido común con la sensatez. “España es el extremo Occidente”, arrancó Piqué (economista, 64). “El estrecho de Malaca es el centro de nuestro mundo en este momento”. Mola oírlo, pero acojona escucharlo. 

“Lo que está en juego no es la guerra comercial. Es importante, pero no es lo que está en juego ahora mismo. Nos estamos jugando quién va a ser la potencia líder en el siglo XXI. Y eso lo va a decidir la tecnología. Y por ahora va ganando China”. Silencio absoluto en el auditorio más grande del Reina Sofía. Ese silencio que solo se siente cuando torea José Tomás (44) o se arrima mi tocayo Roca Rey o cuando alguien como Piqué explica con la sencillez de un sabio lo que todos intuimos pero pocos pronunciamos.

“Si le preguntas a un americano de quién son los datos, quizá lo piense, pero te dirá que son de las empresas. De sus empresas. Si nos preguntas a nosotros, los europeos contestaremos que los datos son nuestros, del individuo, porque vivimos en una sociedad que viene de la Revolución francesa y de la Ilustración. Pero ojo, si le preguntas a un chino te dirá que los datos son del Estado. ¿Por qué? Porque su civilización es diferente”. Grábatelo.

Irene Lozano, Secretaria de Estado, en funciones, de Marca España ‘sacó-pecho-país’, hizo gala de espontaneidad y tiró de lección sabida para no leer su discurso. A ver si aprenden los ponentes que cuando se lee en público la audiencia desconecta porque piensa: ¡Ay madre el ladrillo que me espera! Si la mirada del conferenciante no busca la audiencia sino los papeles, acaba haciendo un papelón. 

Así transcurrió la mañana de Forbes, Reinventing Spain, repensando España, con cotilleos de pasillo: “Ministra, ¿qué tal Harrison Ford?”. “No lo vi. Estuve con Michael Bloomberg una hora hablando. Está bien, tiene una novia más joven (Bloomberg tiene 77 y su novia 60), le veo con ganas de presentarse”.

Y así entre un frío de patio de prisión y sustos de 5G se fue esta semana en la que la revista Time no ha pixelado los ojos a Greta (16), que dijo en Turín que se retira a descansar, en la foto de portada de su Person Of The Year, fotografiada al desembarcar en Lisboa. ¿Debería pixelarla Time para respetar que no es mayor de edad? Me pregunto si Greta ya se habrá enamorado. Por si se me olvida, el 3 de enero cumple 17, le mando desde aquí Volver a los 17 compuesta en 1962 por la chilena Violeta Parra como regalo.

Mi semana, al menos la pública, acabó esa misma noche en casa del gran anfitrión Gerardo Seeliger donde pude darle un abrazo cariñoso a Raúl del Pozo (82) que fue mi jefe en El Independiente de papel. “Te recuerdo”, me dijo elegante, con los ojos hondos y tristes pero con la mala leche que es su cuidadora. “Hablad más alto que Raúl no oye” dijo uno de los invitados al encuentro con Inés Arrimadas, embarazada de cuatro meses, y Raúl, hecho un dandy, contestó. «¡Que no estoy sordo hostias!».

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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