Balada para Ceesepe

A traición, como la puñalada de Hannibal Lecter en Florencia, o como esa gota de yema de huevo que te jode la camisa blanca recién planchada. Así me llegó la noticia de la muerte de Ceesepe, por WhatsApp, como te llegan las hostias en este siglo en el que vale más saber pescar un usuario que una merluza de anzuelo. Y la tristeza me empapó de los pies a la cabeza antes de que ni siquiera pudiese disparar las barreras que un adulto cultiva para protegerse.

¿En que momento me encariñé con Carlos? Hace apenas un año. Se había enfadado conmigo. Y me costó mucho que se le pasase. Le había dado un soberano plantón en la puerta de la redacción. Y me llamó molesto. No había apuntado la cita: ¡¡Con Ceesepe!! y no llegué a tiempo.

Lo había conocido apenas unos días antes. La fotógrafa Bárbara Allende (Ouka Lele) me había dado su teléfono. “No le digas que te lo di yo. Al principio no querrá venderte nada pero no es verdad. Todos queremos vender. Él es así…”

¿Quería comprarle alguna pintura a Ceesepe? Claro que sí, pero mucho antes de eso quería conocerle. Bárbara me animó. “Bárbara te ha dado mi teléfono… Ah bueno” (es difícil describir el tono de voz de Carlos pero imagínate a un niño susurrando ideas de adulto o a una persona mayor con un niño gigante dentro diciendo todo lo que se le ocurre). No es fácil de explicar.

Conocí a Carlos en la primavera del 2017, a Ceesepe mucho antes. Le había visto deambular con las tribus de La Bobia en El Rastro. A los pequeños ni nos miraban. Carlos me sacaba 7 años, y eso a ciertas edades es una barrera. Sin sus dibujos el verso de Jaime Urrutía -“Jefe no se queje y ponga otra copita más… No hay nada como el calor del amor en un bar” no hubiese sido lo mismo. Ni tampoco La mala vida, aquel recopilatorio en el que Juan Manuel Bellver (al frente hoy de Lavinia) nos descubrió a Mano Negra y a otros tantos.

Me citó una mañana de junio en su casa de la calle Mayor. Subí las escaleras muy nervioso, siempre con un pitillo en la boca, o en las manos me invito a pasar. Su mirada tenía dos posiciones. Hacia abajo, como si no quisiese que estuvieses tan cerca, o de frente, taladrándote como si no quisiese que te acercases tanto.

“Este no te lo vendo. Todo el mundo quiere los mismos cuadros, los de la Movida, y yo ya no quiero vender eso. Estoy hasta los huevos. Pero te enseño otros…” y yo sentado en un taburete, con mis revistas en la mano. Y hablamos de todo. ¿En serio que te dedicas a imprimir esto y no has cerrado? Debes ser un mago..». “Qué va Carlos, qué va”, le contesté.

Antes del plantón, nos vimos tres o cuatro veces. Le conté que SPAINMEDIA celebraba 10 años y me dijo: “Ya sé lo que puedes hacer para celebrarlo”. «¿El qué Carlos?», le pregunté. “Una orgía. Ya nadie hace orgías”. Cuando nos cansamos de imaginar como sería la orgía, a Carlos se le ocurrió hacer un mural con 10 portadas de estos años e intervenirlas encima para que decorase la redacción. “Tienes que venir a verla, así te haces una idea”. Y ahí fue cuando le deje plantado.

Siempre estaba escuchando música. Con las contraventanas de su casa estudio casi cerradas para aislarse del ruido. “¿Por qué no me editas un catálogo? Tengo mucha obra que quiero recopilar. Ya he publicado uno y me gustaría hacer otro”. Y empezamos a trabajar la idea. Todo a la vez. Pero Carlos tras el plantón dio dos pasos atrás… hasta que un día le escribí desde Tokyo y le pregunté si quería algo. “Un par de cuadernos y 5 pinceles de pelo largo sintético del 12 al 20 más o menos. Estoy todo el día pintando”.

Dos semanas después, cuando me presenté en su casa para llevarle los pinceles japoneses, me miró como si no diese crédito de que iba a cumplir el pedido. Y me perdonó con esa medio sonrisa de pícaro. Entonces me habló de Emma. Deduje que sería Emma Suárez, porque su retrato estaba por toda la casa. Me habló de ella con una dulzura que me enterneció. “Es tan buena actriz, es tan buena”. También me contó, con sus alpargatas puestas, que había vendido su archivo a un coleccionista, que no tenía sitio para guardarlo y que así, si quería hacer una exposición, podía recuperarlo.

Conseguí que me perdonara. No que me vendiese alguna de las pinturas que me gustaban. Conseguí que se ojeara mis revistas. Que me felicitase por algunas de las portadas. Que me mirara a los ojos, que me enseñara su cocina, que viniese a ver la redacción y yo, gilipollas, me olvidé de apuntar la cita y le di plantón.

Me regaló firmado sus catálogos y un póster que había hecho para el Ayuntamiento. “Son unos gilipollas, me encargaron el póster y luego me dicen que no es lo que esperaban… Espero que me lo paguen. ¿Tú crees que me lo pagarán?”.

Y ahora… ¿qué hago yo con el móvil de Carlos? ¿Qué hago con el autorretrato dibujado que lucía en su WhatsApp? !Señora “Nube”, dueña y regente de todos mis datos, tenga bien no devolvérmela en la próxima copia de seguridad. Déjeme borrar su móvil, pasar el luto y recordar su sonrisa cuando abrió los pinceles.

Artículo publicado en El Español por Andrés Rodríguez

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