Átame

A la silla. Al cabecero de la cama. A tu muñeca si naufragamos en el mar de los Sargazos o a tus tobillos cuando me encarcelen en las prisiones de la Guayana francesa como hicieron con el miope de Papillon.

Átame a la proa o a la popa, pero por favor, átame con firmeza y autoridad. Que al sentirme atado me sienta seguro. Nada de cintas adhesivas propias de asaltapisos de los que hacen su agosto en agosto. Así que, por favor, te recomiendo que dediques el tiempo que necesita el estudio paciente del arte de la cabuyería. Y te propongo comenzar, además de por la antología fotográfica y erótica del maestro japonés Nobuyoshi Araki, por el exhaustivo trabajo de Clifford W. Ashley. Con él comparto, además de mi interés por los supuestos poderes mágicos del esperma de ballena, la creencia de un mundo en el que la palabra ‘cuerda’ está mal vista porque a los extremos se les llama cabos.

The Ashley Book of Knots (El libro Ashley de los nudos), publicado por primera vez en 1944, es uno de mis libros de cabecera. Mira que me lo tengo estudiado y aún no me imagino el esfuerzo que debió costarle al norteamericano recopilarlo cuando a duras penas recuerdo cómo hacer el lazo de los zapatos, y asisto con terror a la extinción del doble lazo, ante la llegada invasiva del velcro.

El libro, reconocido por marineros y boy scouts como la biblia de la cabuyería, recoge en sus 620 páginas la friolera de 3.854 nudos con algunos de los nombres más poéticos que uno pueda imaginarse para el arte de entrelazar dos cabos.

Los primeros trabajos de Ashley se publicaron en 1925 como un serial para la revista Sea Stories, y poco a poco los nudos se le fueron pasando de la garganta al corazón. Fue entonces cuando empezó a dibujar. El libro que te recomiendo en esta carta es un libro de aventuras, porque hacer un nudo es mucho más divertido que deshacerlo. Siete mil dibujos a

plumín ilustran el tratado, pero lo que de verdad ha escrito el nombre de Ashley en mi historia personal es la invención de dos nudos propios: el Ashley Stopper, conocido como el oysterman stopper, y el Ashley Bend, que en el libro ocupa la entrada 1.452.

Si al acabar de leer esta carta te da por practicar, te recomiendo que pegues un salto, éste ya físico, al Museo de los Nudos de Ipswich, en Inglaterra. Te aseguro que tu vida cambiará y, desde entonces, el semen de ballena te parecerá plutonio enriquecido.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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