Al habla Quino

«Cariño tenemos muchos gastos, invítanos a comer y lo hablamos», me contestó Alicia de fijo a fijo, al teléfono de toda la vida, al de la ruedita, ese que se escuchaba también, el tonto, el de verdad. Andaba yo preocupado porque Alicia, llevaba días sin contestarme una propuesta para incluir una viñeta de Quino, ya publicada, no original, porque había pasado el tiempo en el que Joaquín dibujaba algo nuevo.

Era el año 2005, en aquellos días me había inventado una revista para los clientes de una aseguradora médica y les había garantizado que la última página la firmaría Quino sin haber hablado antes con Joaquín. ¡Ya, ya sé que es imprudente! Son cosas de la indigencia editorial. «No te preocupes, Alicia contestará, no van a dejar pasar un trabajo. Pero va a pelear el presupuesto contigo. Es dura. Tienen que pagar la casa de Milán», me explicó una compañera que ya había negociado con la esposa de Quino, con esa cordialidad argentina y también con esa pillería porteña.

Fui a la comida bien acompañado, a un restaurante clásico del barrio de Salamanca. Dos contra dos. Cuatro contra el vino y las viandas. Tras los primeros minutos de timidez volatilizados por el Rioja que tanto le gustaba a Quino, la conversación se convirtió en interrogatorio sobre todo y nada. El refugio milanés donde huyeron de la dictadura… «es chiquito…», dijo Quino., «pero tenemos muchos gastos»… puntualizaba Alicia. Sobre el cine iraní y que sé yo.

A los postres les contamos que acabábamos de tener mellizos. «Ah, qué lindo, ¿cómo les llamás» (léase con el musical acento argentino regado ya con una botella de Rioja reserva). «Teo y Blas», contesté. «Teo es un nombre más común, pero Blas es un nombre muy español y poco frecuente…», expliqué. Quino, birojo militante, hizo uno de esos silencios en los que no sabías si no te había escuchado o pasaba de ti, y dijo: «Teo bien… pero el otro, Blas, pobre chico, aún no camina y verás. Cuando le llamen por teléfono contestará: ‘Al-habla-Blas’ y nadie lo entenderá». Risas. Más risas.

Ya al marchar, Alicia me dijo: «súbelo un poquito» –el precio por página– «te mando diez de golpe, me las pagás por adelantado, y cuenta con ello, cariño». Quino seguía en su mundo, o quizá el que estaba en otro mundo era yo y él estaba en el que había que estar.

Los teléfonos de rueda ya sólo los venden en los mercadillos de antigüedades. Ahora todos son inteligentes, mucho más inteligentes que los titulares de su línea. Blas tiene uno y habla, habla por los codos. Y se sabe la anécdota de Quino. Y lo que tiene más guasa, le encanta la sopa.

Artículo publicado en Tapas por Andrés Rodríguez

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