¿A qué huele El Bulli?

Gracias a este oficio, soy de los pocos privilegiados a los que Ferran Adrià ha dado de comer en tres ocasiones. Para ser más preciso, dos cenas y una comida (entre bastidores). La primera cena, hace siete años, acabó con una accidentada digestión nocturna (me han contado que al estómago de Buenafuente le ocurre lo mismo cuando va).

Conservo vívida la sensación de volver a la niñez, compartiendo sesión –que no mesa– con Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones. El menú lo guardo como recuerdo y también la admiración compartida de Juli Soler (socio de Ferran) por el arte en mover las baquetas de Charlie Watts. La segunda, se gestó con la complicidad de mi amigo (tan sólo uno más en su lista de colegas), el irreverente pamplonica, Mikel Urmeneta que me invitó a su mesa en El Bulli hace unos meses.

En la sobremesa, gin tonics en mano, le propuse a Ferran que recreara en exclusiva mundial para Esquire el olor que se respira cada día en la terraza de su restaurante sobre Cala Montjoi. Sería el aroma de la ginebra Citadelle (reserva, eso sí). Adrià aceptó de inmediato y me puso tras la pista del alquimista Dario Sirerol, que recogió el guante. La iniciativa está dando la vuelta al mundo, porque el matrimonio Adrià y Esquire es más rotundo que la Alianza de Civilizaciones (antes de terminar el gin tonic, Ferran nos lanzó a Mikel y a un servidor otro guante: ilustrar la historia de la tapa de Esquire para una de las paredes de su restaurante Tickets de Barcelona. Veremos).

¡Ah, se me olvidaba! La tercera vez que compartí mesa (sin mantel) con Ferran fue una comida, a lo largo de un día entero de conversaciones con todo su equipo. Me ofrecieron unos macarrones con tomate y Coca-Cola que alguien les había mandado.

Aspiren, inhalen el aroma de esta portada, cierren los ojos al hacerlo, imagínense en El Bulli. El mejor restaurante del mundo se despide este año. Pero no se acaba, sino muta;

Ferran, su hermano Albert, Juli y Oriol seguirán creando. Cyrano de Bergerac y Ferran Adrià jugando al ajedrez en un tablero llamado Esquire.

Artículo publicado en Esquire por Andrés Rodríguez

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